Esta pensadora nació en Alemania, en 1869. Pudo beneficiarse de las posibilidades que ofrecía Suiza para estudiar, más ventajosas para las mujeres que otros países europeos. Se doctoró en Berna, después de haber estado matriculada antes como oyente en Berlín. Allí estudió filosofía, historia de la literatura y economía nacional. Escribió su tesis doctoral sobre «Las percepciones artísticas del siglo XVIII».

En 1905, fundó junto con Maria Lischnewaka la «Liga para la protección de la madre y la reforma sexual». Entre 1904 y 1907 fue directora de la revista para la reforma de la ética sexual. En 1909 se opuso al proyecto del código penal que penalizaba la homosexualidad femenina. 

Antes de la Primera Guerra Mundial, ya se declaró en contra del pacifismo. Helene Stöcker se convirtió en una reconocida pensadora y luchadora a favor de la igualdad y del progreso. Su objetivo fue la libertad de espíritu. Pensar y actuar con autonomía ante todo. Lo deseaba para ella y para el resto de las mujeres. Hizo suya la proclama de Nietzsche: «Tienes que ser el que eres» y la transformó en «Sé la que eres». En su tratado El amor y las mujeres formulaba lo siguiente:

Y lo que queremos las mujeres jóvenes y con aspiraciones de esta generación, es más de lo que los filisteos se permiten soñar. No sólo la posibilidad de hacernos dentistas o abogadas. Pedimos esto y mucho más.

Pensaba que el mismo individuo libre y creador sería el que daría sentido y asentaría los fundamentos de una nueva civilización. Helene Stöcker era muy optimista en lo referente a la realización de sus ideales, y consideraba indispensable impulsar el progreso no sólo en el terreno de las ideas sino también en la práctica.

Leamos otro fragmento de su obra: El amor y las mujeres

Si hoy se reclaman todas las cosas buenas de la vida también para la mujer: la educación espiritual, la independencia económica, un objetivo vital que pueda hacerla feliz, una posición respetada y además, como una cosa igual de natural e igual de necesaria, matrimonio e hijos, entonces esta reivindicación ya no suena, como hace una década, como la voz de un predicador en el desierto. Hoy ya no es sólo un grupo de mujeres que ha madurado hasta llegar a esta exigencia natural de una humanidad plena; una serie de hombres también ha entendido que sólo así puede alcanzarse el objetivo de la nueva cultura.»

 

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