“La cenicienta. El triunfo de la bondad” es una ópera de Rossini que anoche pude escuchar y ver en el Liceu. La unión entre belleza y bondad, que forma parte intrínseca del feminismo desde que Sappho la hizo poesía llenó de brillo las imágenes que me venían de toda mi vida. Me siento ahora todavía más contenta de no haberme sometido nunca a la fealdad que han querido imponerme incluso disfrazándola con la etiqueta “feminista”.

La acusación de machista a la cenicienta y de creación patriarcal a los cuentos de hadas, mientras se calla o incluso alaba la exaltación de un asesino en serie de mujeres en “El perfume”, la violación física en “Juego de tronos” o la sumisión extrema de la canción “Zorras”, es uno de los ultramachismos que más ha destrozado a muchas chicas jóvenes de mi generación. Para usar ese disfraz hay que ser muy ignorante o decir muchas mentiras, o ambas cosas a la vez.

Un error muy generalizado es afirmar que “la cenicienta” es una creación de Perrault, es decir, un hombre y europeo. No lo es. Este maravilloso relato tiene mil y una versiones anteriores en China, la India, Egipto y otros, fomentando la independencia y autotransformación de las jóvenes que, como Sappho, desean la unión entre belleza y bondad. Podemos pensar que comenten este error para que no se les estropee su prejuicio de lo de hombre y europeo, pero también es por su ignorancia porque Perrault no es ni mucho menos el primer occidental que escribió ese cuento. 

Rossini es sí, un autor del Romanticismo, como el Beethoven que hizo la ópera Fidelio, en la cual es la mujer la que salva al hombre. Se demuestra así una vez más la cantidad de falsedades que hay que decir sobre el amor romántico para no reconocer que es la conquista más revolucionaria que hemos hecho las mujeres a lo largo de la historia para romper con la obligación anterior de tener relaciones con quien dijera el señor feudal o el padre. Rossini creó muy rápido esta ópera, en medio de la convulsión creada por las revoluciones democráticas, mientras Beethoven se había paralizado después de escribir la octava sinfonía ante la decepción del bonapartismo y antes de salir de ella creando la novena sinfonía, con su Himno de la alegría.

Nunca había ido a la ópera, fue mi primera vez y hubiera sido imposible escoger mejor obra, mejor momento, mejor música y mejor compañía. A las feministas no nos importa si esa compañía era mujer, hombre o de cualquier otra opción de género, como también la mayoría de víctimas de violencia de género prefieren quienes las apoyan que quienes no lo hacen, sean del género que sean. Lo que queremos es que esas personas sean feministas, nos apoyen cuando se lo pedimos, les apoyemos cuando nos lo piden. Momentos así, salvan nuestras vidas y llevan hasta el infinito nuestra bondad y nuestra belleza. 

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