La celebración durante esta semana de la Bridal Fashion Week en Barcelona invita a comparar los modelos que se exhibirán con los vigentes durante la dictadura franquista. Según las imágenes que se han anticipado en periódicos y en redes sociales, actualmente sería difícil distinguir entre un vestido de novia y uno de noche o de cualquier otra ceremonia. Vaporosos, de tirantes, con escotes de todas las formas, inimaginables en tiempos de Franco. Sirva de muestra una anécdota situada en los años sesenta del siglo pasado.

Una joven pareja se ve obligada a asistir a unas sesiones pre matrimoniales en una parroquia de su barrio. Tanto ella como él son ateos, pero no pueden eludir el procedimiento dado que en aquella época los enlaces, para ser válidos, debían pasar siempre por la Iglesia. Entre otras recomendaciones, una taxativa del sacerdote, hombre joven pero con ideas viejas, es la de que la novia no se presente con un traje sin manga larga y escotado. “Si no, no les caso”. 

Avisados estaban, y la chica obedeció. Modosa y bella acudió al altar, sin enseñar más allá de su terso rostro, y la unión fue bendecida eclesiásticamente. Surgió, sin embargo, un hándicap imprevisto. Una tía del novio concurrió con un atavío que el señor cura consideró descocado, de manera que la expulsó de la iglesia antes de dar comienzo a la celebración. En la calle tuvo que esperar la descomedida mujer, mientras el resto de asistentes cerraba la boca.

Así son las dictaduras. No solo controlan la política, la economía, la justicia sino también la vida privada de las personas. Sacárselas de encima constituye un extraordinario bien.

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