Fue una mujer muy respetada mientras vivió. Pero, lamentablemente, cayó en el olvido en una época posterior.  

Marie Le Jars de Gournay nació en París, en 1565. Se formó de forma autodidacta. Aprendió latín comparando textos latinos traducidos al francés con los originales. Pero también se interesó por la física, la geometría, la historia y la filosofía. Dirigió en el salón de su casa, donde se reunían hombres y mujeres intelectuales para discutir sobre los temas más variados de filosofía, política y literatura.

En 1622 escribió su principal obra: Sobre la igualdad de hombres y mujeres. La idea principal del libro consiste en que, si bien es cierto que hombres y mujeres se diferencian físicamente, sus almas son iguales. La filósofa toma muchos ejemplos de la historia para ilustrar su tesis. Hace referencia a Hipatia y otras mujeres cultas de Grecia. Dice también que, si a menudo las mujeres no pueden participar en lo mismo que los hombres, se debe a la falta de posibilidades para formarse. Y aquí existe una gran diferencia entre la mujer que vive en el campo o en la ciudad, o si viene de una familia rica o pobre.

Anima a las mujeres a usar su inteligencia y a adquirir la formación que deseen y necesiten para poder estar intelectualmente en un plano de igualdad con los hombres y para demostrar, también en la realidad, la igualdad de sexos.

Casi al mismo tiempo, escribió un ensayo corto de carácter polémico que tituló Quejas de las mujeres. En él da rienda suelta a su enojo y exclama: “Más de uno dice treinta tonterías y todavía triunfa, por su barba o por el orgullo de sus supuestas capacidades…”

En sus textos siempre ejerce una dura crítica social, dirigida sobre todo a aquel que quiere llegar sin falta a gozar de prestigio en la corte y para quienes cualquier medio es bueno con tal de alcanzar ese fin. De modo que Marie Le Jars de Gournay une teoría y práctica en cada uno de sus escritos.

Veamos un fragmento de su obra Sobre la igualdad de hombres y mujeres:

“Estrictamente hablando, el ser humano no es, por lo demás, ni masculino ni femenino: los sexos distintos no están ahí para establecer y señalar una diferencia, sino que sirven solamente para la reproducción. La única característica esencial radica en el alma dotada de inteligencia. Y si se me permite de pasada hacer un chiste, entonces no dejaría de resultar oportuno aquí aquel comentario mordaz que dice: nada se parece más a un gato en una repisa que una gata. El ser humano no fue tan sólo creado como hombre sino también como mujer. Hombres y mujeres son una misma cosa. Si el hombre es más que la mujer, entonces la mujer es, del mismo modo, más que el hombre.”

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