Canva

En los países donde en Noche Vieja comemos doce uvas a media noche para dar la bienvenida a un nuevo año nos sorprende que en Italia la costumbre se trueque en comer lentejas. Nos asombra que se prefiera un plato de legumbres a doce granos turgentes, de un amarillo verdoso, casi transparentes. Sin embargo, se trata de una tradición que proviene de la antigüedad con la creencia de que trae buena suerte para el año que comienza. El sortilegio es, pues, equivalente al de las uvas.

A tener en consideración, además, que las lentejas han sido valoradas en otros episodios de las costumbres humanas. En la Biblia encontramos la historia de Esaú y Jacob, unos mellizos de los cuales Esaú fue el que nació primero, correspondiéndole en consecuencia la primogenitura. Un privilegio que el afortunado no dudó en vender a su hermano a cambio de un plato de lentejas. Así de sencillo y de estúpido, a nuestro parecer, pero sin duda justificado por la adicción de Esaú a semejante leguminosa.

Por otro lado, hay un cuento de hadas en el cual esta legumbre también se halla presente. Es el del siglo XVII, escrito por Charles Perrault y titulado Cenicienta, en el cual la pobre muchacha es castigada por su madrastra a desbrozar lentejas mientras ella y sus dos hijas asisten al baile ofrecido por el príncipe azul. 

Más allá, hubo una actividad auténtica en la postguerra española, cuando las lentejas se vendían acompañadas de impurezas como piedrecillas, insectos muertos y demás. Mujeres y niñas aplicadas a limpiar la legumbre antes de ser cocinada. 

A fin de cuentas, una semilla rica en minerales y vitaminas cuya fama persiste, con sus distintas variantes, a lo largo del tiempo, desde un año viejo a otro de nuevo. 

Secciones: portada

Si quieres, puedes escribir tu aportación