Parece inconcebible, pero diversos estudios lo avalan. La pornografía ha penetrado en la infancia. Antes de cumplir los 8 años de edad, un 6,5% de criaturas miran pornografía en su móvil, elevándose a un 25% en los mayores de 12 años. Y al parecer los progenitores ni se enteran. Los teléfonos inteligentes han creado un mundo de cubículos individuales, impenetrables desde edades muy tempranas. 

¿Qué ven estos tiernos ojos, estos tiernos cerebros? Porno con actos sexuales explícitos, con violencia física y verbal. ¿Es admisible maltratar la infancia hasta semejantes extremos, privarla de la inocencia, del derecho a descubrir la vida paulatinamente, a mantenerla libre de un negocio, la pornografía, muy cuestionable incluso para la adultez?

Con el crecimiento de la edad aumenta el consumo de pornografía. De una infancia en parte maltrecha se pasa a una adolescencia en buena parte adicta a contemplar sexo denigrante para las mujeres. Así, ellos se empapan de la exhibición de actos agresivos y humillantes contra ellas, y luego la opinión pública se escandaliza ante la extensión de las agresiones sexuales, de las violaciones en grupo.

¿Dónde cabe buscar remedio? Quizás, quizás… Para la infancia sería beneficioso que a las niñas y niños se les proporcionaran libros de cuentos para distraerse en lugar de móviles. Los adolescentes acostumbrados a leer podrían encontrar más placer en la lectura que en las imágenes pornográficas. En cuanto a los hombres, que desfoguen su virilidad con acciones nobles, que existe un cúmulo a realizar.

 

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