En Brasil, el presidente Lula da Silva ganó las elecciones prometiendo que pondría fin a la deforestación de la selva del Amazonas, que daría un respiro, literalmente, a su país y al resto del mundo. Su antecesor, Bolsonaro, propició que entre el 2019 y el 2022 más de 34.000 kilómetros cuadrados fueran desforestados. El bosque tropical del Amazonas es más grande que toda la Unión Europea, esta que padece crecientes inundaciones, sequías y olas de calor, y talar sus árboles contribuye enormemente a la liberación de gran cantidad de CO2 y a absorberlo muy poco. Es la vida en este planeta o su desaparición.

Se dice que el Amazonas es el pulmón de la Tierra, y no es una hipérbole. Sin embargo, actualmente el bosque amazónico tan solo retiene 0,5 millones de toneladas de carbono al año, de manera que la tala de sus árboles conduce al incremento del cambio climático, acercándonos cada vez más a un no retorno. 

Desde hace una década, la Unión Europea ha establecido que no se puede vender ni comprar madera procedente de talas consideradas ilegales. Quizás un paso menor en favor de la preservación ambiental, pero una voluntad significativa. El color de los gobiernos es determinante a la hora de dictar leyes ciegas en favor de una economía equivocada o de dictarlas en favor de la supervivencia de los habitantes del planeta. 

Angela Merkel se preocupó de esto último, y en su discurso antes de dejar el cargo de cancillera alemana, en diciembre de 2021, advirtió de que estamos viviendo “a costa de futuras generaciones”. Principalmente tres gobernantes actuales, Lula en primer lugar, pero también Biden, Macron o Sánchez, se muestran más sensibles al cambio climático que sus adversarios. Confiemos en que la destrucción ambiental todavía sea reversible, en pro de nuestros descendientes en especial.

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