En la Facultad de Filosofía de la Universidad de Barcelona, el catedrático de ética Norbert Bilbeny congregó a un centenar de personas para oírle desgranar con palabras la Sonata n.º 2 de Frédéric Chopin. No solo gozar de sus cuatro movimientos sino también entenderlos, distinguir sus diferencias, recordar el tercero y más conocido, “La marcha fúnebre”. Una composición que acompañó el entierro de Kennedy, e incluso el de Stalin. Y como punto final, el cuarto movimiento, aquel que Robert Schumann calificó de “no música” al considerarlo carente de armonía.

Al acabarse las palabras, Juan Gallego-Coín se sentó al piano para dar vida a la música que las había suscitado. Vigor, sentimiento, la marcha luctuosa estremeciendo el corazón, y finalmente el breve último movimiento. Vibrante, brillante, cautivador, el que dos siglos atrás había desagradado a Schumann. La comprensión y los gustos consecuentes han cambiado, lo que para el compositor germánico era disonante tiene ahora una fuerza armónica, de forma que Chopin resultó ser un innovador. Tal como lo fue su amante, aquella Aurore Dupin que tuvo que adoptar un pseudónimo masculino, George Sand, para escribir y publicar en un mundo hegemónicamente dominado por los hombres.

La misma semana y en la misma ciudad en que palabras y música se habían combinado para crear, con entrada libre, un espacio íntimo de paz y emoción, Bruce Springsteen congregaba en un concierto cerca de 60.000 espectadores, entre los cuales personajes como Barack Obama y Steven Spielberg con sus respectivas esposas. Tres horas de música excitante y ensordecedora a un precio medio de 400€ por localidad. 

Fueron dos actos tan distintos entre sí que ilustran el mosaico que conforma nuestro mundo. Una índole los asemeja, no obstante. Ambos aportan música, una de las creaciones más excelsas de la inteligencia humana, y ambos aíslan del rugido de guerras, hambrunas, cambio climático. Aunque solo sea por un corto espacio de tiempo. 

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