Ella veía muchos folletos informativos y carteles en las paredes de la Universidad sobre las actuaciones de la Unidad de Igualdad. Así que después de meses de soportar el acoso sexual por parte del post-doctoral que debía de ayudarle en su proyecto de tesis, acudió a la Unidad buscando ayuda para poder salir de la situación que estaba sufriendo. Cuando relató los hechos, las personas que la atendieron vieron claro que se trataba de un caso de acoso sexual. Así que le informaron de que si ella se decidía a denunciar, la universidad podría acabar abriendo un expediente disciplinario al post-doctoral para que ella pudiera trabajar tranquila. 

Así que eso le hizo decidirse a interponer la denuncia activando los mecanismos internos de la Universidad para poner fin a la situación. Pero las cosas empezaron a girar hacia un lado que no se habría imaginado. Aunque la Universidad abrió un expediente disciplinario al post-doctoral, la Unidad de Igualdad no le garantizó ningún tipo de protección apelando a que no podían intervenir una vez abierto el procedimiento del expediente. Así que la joven decidió alzar la petición de protección al rectorado a través de una instancia. Como respuesta, la Universidad se limitó a decidir que el post-doctoral y ella hicieran turnos de trabajo mientras se resolvía el expediente. Como consecuencia, ella tuvo que reestructurar sus horarios pasando a trabajar en horarios fuera de lo común, además de que se le prohibió asistir a reuniones relacionadas con el proyecto que compartía con el post-doctoral, e incluso a eventos sociales del laboratorio, afectando directamente a su carrera profesional. 

Las semanas pasaban y nadie le citaba para esclarecer información sobre los hechos. Ni preguntando a la Unidad de Igualdad, ni a través de instancias a rectoría, obtenía información sobre el punto en el que encontraba el expediente, y por tanto cuánto tiempo le quedaba en esa situación. Decidió llamar al servicio de asesoría jurídica de la misma Universidad para saber si le podían dar esa información. Sin embargo, le comunicaron que ella no tenía derecho a saber en qué punto se encontraba el expediente aunque fuera ella quien había presentado la denuncia, porque no consideraban que ella fuera “interesada legal” en dicho expediente. No se lo podía creer. ¿Cómo podía no tener derecho si el expediente se abrió como resultado de una denuncia que ella misma había interpuesto como víctima de acoso sexual? 

Al cabo de unas semanas más de silencio, se encontró al post-doctoral en el laboratorio cuando era el turno de la joven. Cuando fue a la Unidad de Igualdad dispuesta a pedir ayuda de nuevo para lidiar con esa situación, le informaron de que el expediente ya estaba cerrado hacía días. Aunque nadie le había notificado antes a ella, al post-doctoral sí que se le notificó. Se había cerrado después de meses de angustia sin que hubiera ninguna consecuencia para el post-doctoral y sin ninguna protección para ella. También le informaron de que los turnos ya no se iban a mantener ya que el procedimiento había terminado, así que tendría que trabajar en el laboratorio, compartiendo de nuevo el espacio con el post-doctoral como si nada. Fue uno de los peores días de su vida. 

A pesar de todo, no se rindió. Movió cielo y tierra para intentar saber qué había pasado con el expediente y con la investigación. A pesar de no establecer ninguna comunicación con ella mientras el expediente estaba abierto, posteriormente al cierre del mismo el Rector pidió varias reuniones con ella. A raíz de esas reuniones, éste se enteró de que la joven era trabajadora de la Universidad además de estudiante de doctorado, aunque ella llevaba ya años trabajando en la Universidad. Por ello, decidió iniciar un procedimiento de actuación frente a conflictos de acoso moral en el trabajo. Pero no sirvió de nada más aparte de obligarle a tener que contar todo lo sucedido de nuevo, como ya hizo en la Unidad de Igualdad; ella tuvo que seguir trabajando en el mismo entorno que el post-doctoral hasta el día que terminó su tesis. A día de hoy, sigue instando a las instituciones a que le faciliten acceso al expediente disciplinario que la Universidad abrió y cerró seis meses después como si nada, senzillamente para entender lo que pasó y cómo la Universidad gestionó algo tan grave como una denuncia de acoso sexual. 

Pero pese a todo, ella salió adelante. Lo consiguió a pesar del  desgaste emocional, el desamparo, la desinformación y la revictimización que sufrió por parte de la Universidad. Pudo hacerlo gracias a atreverse a hablar con muchas personas sobre lo que le estaba pasando y cómo eso le hacía sentir. Algunos quisieron callarla, otros no quisieron ayudarla e incluso hubo quien sólo fingía ayudarla por interés propio. Pero también encontró personas que realmente la apoyaron, que la ayudaron a mirar al frente y a seguir adelante. Algunas de ellas, fueron mujeres que habían pasado por situaciones similares dentro de diferentes universidades. Aunque por desgracia, estas situaciones sigan pasando constantemente en el ámbito universitario, algún día las universidades mejorarán, y realmente actuarán como parece que actúen en los carteles que cuelgan en sus paredes y en sus folletos informativos. Mientras tanto, a tu alrededor hay muchísimas personas que te ayudarán a superarlo. Hablar es el primer paso hacia el cambio.

Tags:
Secciones: _noticias portada

Si quieres, puedes escribir tu aportación