“Ver a una mujer con la cara descubierta puede provocar en nosotros profundos dolores carnales y espirituales. En las ciudades de los cristianos, las mujeres llevan al descubierto no sólo su rostro sino sus cabellos, lo más atractivo de una mujer, y por esta razón los hombres andan con sus partes siempre erectas y caminan avergonzados”. Así lo expone el turco Orhan Pamuk, premio Nobel de Literatura, en su novela Me llamo Rojo, en la cual un musulmán visita la Venecia del siglo XVI. Recalcando que el cabello es “lo más atractivo de una mujer”, se comprende que incluso en el siglo XXI en el islam se exija el velo a fin de proteger a los hombres de incómodas sensaciones. 

El pasado 16 de septiembre, murió en Irán una joven de 22 años de edad, Mahsa Amini, tras ser detenida por la policía por no llevar el velo adecuadamente. Después de ser golpeada en la cabeza entró en coma, falleciendo en el hospital dos días más tarde. La obsesión contra la exposición de los cabellos al aire también se hizo patente cuando la ajedrecista ucraniana Anna Mutzitxuk no pudo intervenir en el Campeonato del Mundo celebrado en Riad el año 2017 por negarse a cubrirse con el velo.

Quizás una solución definitiva sería que los hombres se taparan los ojos para sustraerse a las tentaciones. Opción arriesgada, no obstante, porque entonces tampoco verían por donde andan, el mundo que les rodea, los negocios en qué intervenir, los gobiernos que presidir.

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