Hace 9 años que Edward Snowden, ex analista de la CIA, huyó de la justicia de Estados Unidos acusado de revelar información clasificada sobre los métodos de la agencia de inteligencia. Una sistemática que incluía la vigilancia de altos funcionarios y de dirigentes extranjeros. 

Hay delitos que no se pueden revelar, y si se hace, porque repugnan, los órganos judiciales exprés caen sobre la cabeza de la persona osada. A semejanza de Snowden, también Julian Assange ha pagado cara la publicación en Wikileaks de documentos que denunciaban la actuación de las fuerzas de EE.UU. en Afganistán y en Irak. 

Edward Snowden encontró asilo en Rusia, y después de casi una década, casado con una estadounidense y padre de un hijo, Vladimir Putin le ha concedido la nacionalidad. Un paraguas más seguro, pero que también comporta riesgos. Si bien en principio la movilización de 300.000 reservistas para la guerra de Ucrania no le afecta, dado que no ha servido en las fuerzas armadas del país, nada garantiza que el autócrata ruso no mande reclutar a quien le dé la gana.

A sus 39 años de edad, podría ser que Snowden fuera enviado a Ucrania como ciudadano ruso que ya es. Entonces, podría o bien convertirse en desertor (¿pero yendo a qué país que le mantuviera lejos de las garras norteamericanas?), o bien ir a la guerra para matar y morir obligado por una nación que propiamente no es la suya.  

 

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