Las imágenes de la capilla ardiente de Isabel II de Inglaterra pueden considerarse las socialmente más impactantes entre las que han ocupado las televisiones de todo el mundo durante su solemne funeral.

 Millares de personas desfilando ante el féretro para rendirle homenaje es impresionante de por sí, pero lo es todavía más cuando han debido pasar más de doce horas, diurnas o nocturnas, haciendo cola. Cuesta comprender tanto fervor, el que conduce a caminar poco a poco durante tanto tiempo, desafiando la fatiga, el sueño. Un bocadillo, un táper, una conversación con sus análogos. Imposible no preguntarse cuántas de estas personas harían el mismo sacrificio en el entierro de un familiar. 

Con todo, el fotograma más inverosímil es el de los cuatro miembros de la guardia real custodiando el féretro, de pie, obligatoriamente estáticos, imperturbables. ¿Por cuántas horas? Parece ser que por dos. Como figuras inanimadas, seres que no pueden tener tos, picores, necesidad de orinar. Como esclavos, como siervos, como si pertenecieran a la época feudal. De hecho, de esta época derivan la mayoría de monarquías, y de esta conservan los vasallajes. Inaudito, inverosímil, extraordinario en el siglo XXI.

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