Leído en la prensa. Una niña de diez años intenta suicidarse lanzándose desde una ventana de su casa. Había regresado de la escuela donde padecía “bullying”, algo que al parecer no se supo hasta después de su intento de quitarse la vida.  Así hay que considerarlo, dando por sentado que si se hubiera sabido de antemano la criatura no habría llegado al extremo de desear morir.

Por fortuna no ha fallecido, pero la huella que el conjunto de circunstancias le dejarán será terrible. Tres espinas aparecen en la dolorosa y corta biografía de la niña. La maldad de sus condiscípulos propinándole insultos y vejaciones racistas que debieron de ser continuos. ¿Cómo pueden las criaturas ser perversas?

La falta de atención del profesorado. Inmerso en enseñar las materias curriculares ha sido incapaz de ver lo que sucedía ante sus narices. Quizás la niña no se atrevió a informar del acoso de que estaba siendo objeto, lo cual evidenciaría la escasa confianza que le merecían sus maestras o maestros, algo, por lo demás, que no eximiría de culpa a quienes han estado ciegos al “bullying” de que era objeto.

Y más triste aún, ¿los padres no sabían, no advertían nada? La pequeña mandó un WhatsApp a su abuela en Colombia despidiéndose. Envió su adiós a lo lejos.

¡Cuánto horror, cuánto sufrimiento! La pequeña se recuperará de sus heridas físicas, de las morales costará mucho más. Ejemplo superlativo de víctima del acoso escolar, ojalá su caso conduzca a poner fin de forma contundente a una lacra que lleva años denunciada sin que se ataje definitivamente. La soledad de las y los escolares atacados sin obtener defensa continúa siendo atroz.

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