Hay campañas que pretenden acercar a los hombres al feminismo y a la igualdad y sin embargo el efecto que logran es justamente el contrario. Al hilo de la última del Ministerio de Igualdad, si hiciéramos la prueba y pidiéramos en un grupo de jóvenes que levante la mano quien desee ser un “blandengue”. Lo más probable es que ninguno la levante, pero quizás alguno, después de haber visto la campaña, se anime a alzarla, y muy probablemente, después los chicos dominantes aprovecharían el momento para lanzar chistes del tipo: “Como decía el Fary: yo detesto al hombre blandengue”. Tras estas breves interacciones la campaña lo único que habrá generado es un rechazo a colaborar con las tareas de casa por parte de muchos chicos para evitar ser llamados “blandengues”.

Esto pasa por dejar desatendido un factor importantísimo en la comunicación: el lenguaje del deseo y además, pasar por alto las evidencias científicas en masculinidades. En definitiva, es desconocer que ser débil no es alternativo.

Ser un hombre “blandengue”, usando esa palabra, no mola a nadie. Lo que sí mola es, desde nuestra variedad como hombres, ser fuertes para no aceptar las injusticias ni callarlas, combatirlas. Precisamente eso es lo que más necesitamos en universidades, escuelas y puestos de trabajo. Las campañas a favor de nuevas masculinidades deberían usar el lenguaje del deseo más contundentemente hacia actitudes valientes. Actitudes que no son representadas ni por los machistas dominantes, ni por los hombres dominados.

Deberíamos ser cautos también con los intentos de apropiación y resignificación del discurso del enemigo. Cuando Las Vulpes cantaron “me gusta ser una zorra” querían resignificar lo de ser zorra y tratar de convertirlo en algo empoderante, revolucionario y transgresor al hilo de Beauvoir en su libro “El segundo sexo”. Sin embargo, eran los acosadores y/o puteros los que más disfrutaban oyendo a mujeres cantar que deseaban ser unas zorras y a su vez, pocas mujeres deseaban ser verdaderamente lo que cantaban.

Del mismo modo, intentar reciclar un discurso machista sin mostrar la alternativa es como jugar al mus enseñando las cartas, siempre vas a perder reproduciendo así la histórica doble moral. En este caso pierdes porque se encorseta a las masculinidades en dos únicas posibilidades: dominantes o dominadas, sin tener en cuenta que más allá de ese binomio jerárquico y machista existen masculinidades fuertes que no dominan, sino que liberan.

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