En un panel con familiares, una persona de ciencia estaba explicando las evidencias científicas que demostraban la influencia de la participación dialógica de las familias en los resultados del alumnado. El “experto” se enfadaba porque todo el mundo veía que lo suyo eran ocurrencias que nunca habían mejorado los resultados en ningún sitio. En su intervención dijo, mi compañero habla de las madres como que fueran las de antes y está ya muy claro al pasar por la entrada de cualquier escuela que ahora ya ni se sabe que son madres o qué son. La representante del ayuntamiento que moderaba el panel dijo en voz muy baja pero con rabia: “¡machista!”, pero al estar muy cerca del micrófono, se oyó en toda la sala. 

Años después, algunos medios de comunicación necesitaban un aval para confirmar sus difamaciones contra el grupo de investigación que había roto el silencio contra el acoso sexual en la universidad. Así fue como, sin tener en cuenta ningún criterio ético decidieron la estrategia 1. Proyectar los testigos de personas anónimas, sin conocer nada de sus trayectorias y sin contrastar la información 2. Proveerse de declaraciones y entrevistas con personas “expertas” sobre la materia, para sustentar de alguna forma “científica” la calumnia. El citado “experto” encontró así la oportunidad de vengarse.

Dichos “expertos” pasaron varias veces por los platones de radio y televisión emitiendo como un mantra el enorme peligro que suponía para la sociedad tener personas como las del grupo de investigación alrededor. Todo ello sin mostrar ninguna evidencia científica sobre el tema, sin contrastar las informaciones y sin datos. 

Calumnia que algo queda, mientras se difunden falsedades sin tener en cuenta las motivaciones que hay detrás de las mismas. Mientras haya quienes den cobertura a la opinología más que a la evidencia continuarán habiendo víctimas desprotegidas y acosadores impunes. 

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