Ellas fueron las primeras, y ellos las siguieron, al contrario de lo que ha solido ocurrir a lo largo del tiempo. Fue en el siglo XIII cuando surgió un tipo de vida religiosa al margen de las estructuras eclesiales. Eran las beguinas, mujeres laicas asociadas para una vida monástica que fortalecía la vida espiritual sin votos religiosos. Moraban en celdas individuales, rezaban, practicaban la castidad y hacían trabajos manuales. 

El movimiento se inició en Flandes i se extendió hacia Francia, Alemania, Italia y España, con tal vigor que propició el nacimiento de sociedades masculinas similares, los begardos. Si bien en principio la Iglesia católica se mostró tolerante, el auge de las comunidades alteró su perspectiva. Convirtiéndolas en sospechosas de caer en la herejía, las beguinas, así como sus homólogos masculinos, comenzaron a ser perseguidas a principios del siglo XIV. 

Margarita Porete ha pasado a la historia macabra al ser ejecutada en 1310 tras publicar su libro El espejo de las almas simples. No lo escribió en latín, como era común, sino en francés a fin de que llegara al pueblo llano. Su mensaje era que, el alma tocada por Dios se redujera a su deseo y voluntad. ¿Qué clase de herejía encerraba semejante proposición? Ninguna a nuestros ojos actuales, y propiamente tampoco a los antiguos, salvo a los de un Vaticano celoso de su poder absoluto. 

Las comunidades de beguinas y de bigardos fueron declinando a finales de la Edad Media, después que Margarita Porete hubiera pagado con la vida su espiritualidad. La beguina fue quemada viva delante de una multitud por negarse a renegar de su libro y retractarse.

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