En todos los campos, las nuevas tecnologías introducen métodos nuevos y anulan los antiguos. En la búsqueda de pareja, las agencias matrimoniales han quedado obsoletas; en la búsqueda de relaciones sexuales esporádicas, los anuncios por palabras en la prensa han dejado de existir. Instrumentos periclitados ante plataformas digitales como Tinder, la reina desde hace diez años entre otras aplicaciones análogas.

Hasta hace una década, la gente que no cifraba en la suerte el encontrar pareja, fuera en el trabajo, la discoteca o el gimnasio, y quería forzar la fortuna, podía recurrir a una agencia matrimonial. De hecho, más de una persona divorciada o viuda recibía por correo, a los pocos meses del acaecimiento, la publicidad de alguna agencia. Es de suponer que obtenían información, subrepticia, en los registros administrativos. Se ofrecían para sanar las almas solitarias cruzando perfiles, deseos, edades hasta convocar una reunión entre candidata y candidato. Ambos se procuraban el mejor aspecto, el mejor carácter, el mayor gracejo. En ocasiones el encuentro daba frutos provechosos, en otras redundaba en fracaso. 

En Tinder no deja de ocurrir lo mismo, solo que más rápidamente y con menos miramientos; también con mayores facilidades para mentir, engañar. No es necesario vestirse de punta en blanco, se puede chatear en pijama y con legañas. Se puede colgar una foto antigua o que no sea la propia. Teóricamente se puede elegir entre miles de proposiciones, el mundo entero al alcance. Cabe explicitar que solo se persigue sexo o bien una relación estable. Tinder se ha convertido en la gran oferta del amor en todos sus prismas, y, como otras tecnologías en otros sectores, ha devastado las agencias presenciales. Un avance ha aportado, sin embargo. Si antes muchas de las personas que acudían a una agencia matrimonial sentían vergüenza, o incluso lo hacían a escondidas, actualmente se proclama sin tapujos el deseo de ligar, de tener compañía, de encontrar el amor. Lo más natural en la especie humana. 

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