Hallar anomalías en el cerebro de los jerarcas nazis fue una misión encomendada al psiquiatra militar Douglas Kelley. Al finalizar la Segunda Guerra mundial, en Estados Unidos se emprendió la búsqueda de enfermedades mentales o disfunciones cerebrales capaces de explicar la conducta de los genocidas. Lo leo en el semanario El Temps, que cuenta cómo los miles de documentos que generó la investigación cayeron en el olvido hasta que, en 2016, fueron rescatados en un libro del psiquiatra Joel E. Dimsdale titulado, Anatomía de la maldad: el enigma de los criminales de guerra nazis.

Entre otros capitostes nazis fueron evaluados psiquiátricamente Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler, y Herman Göring, fundador de la Gestapo y creador de los iniciales campos de exterminio. La conclusión fue que no estaban mal de la cabeza, en expresión popular pero significativa; tenían un cerebro normal, pero eran malvados. Sería un alivio poder atribuir los genocidios y otras perversidades a trastornos mentales, sin embargo, preciso es reconocer que el mal existe sin que sea posible aprehenderlo. Vemos y sentimos sus efectos, pero es inaprensible.

El suelo se moja y vemos el agua que cae, la arena se calienta y vemos el Sol en lo alto, un cuerpo enferma y la ciencia descubre las bacterias o los virus perniciosos, pero el mal no se ve, no se palpa, tan solo se detectan sus consecuencias. Vladimir Putin, como otros generadores de guerras, podría ser examinado sin que se hallara ninguna alteración en su cerebro. El mal existe desde la evolución del Homo Sapiens, algunos de cuyos miembros albergan bondad junto a otros que cobijan el mal. Por lo demás, desear la muerte de estos últimos como liberación no podría ser tenido por maldad. 

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