Dirigida por Jean Negulesco, en 1954 se rodó en Hollywood la película  El mundo es de las mujeres. Amable y entretenida, siendo intérpretes principales Clifton Webb, June Allyson, Van Heflin, Lauren Bacall y Fred MacMurray, el título es absolutamente tramposo. Un gran empresario decide elegir el director de una de sus sucursales, por lo cual invita a tres candidatos y sus respectivas cónyuges a pasar un fin de semana en su mansión. La filosofía del film se basa en que el tipo de esposa es esencial en el comportamiento y la eficacia de un directivo, de forma que el patrón del imperio económico observa y evalúa tanto o más a las mujeres que a los aspirantes al puesto.

En el desenlace influye la idiosincrasia de cada una de las mujeres, siendo decisivo uno de los temperamentos, pero esta influencia es tan solo como consortes, no como titulares del cargo a ejercer. El mundo es de los hombres, pues, en el film y en la vida real, desde la prehistoria.

En el universo masculino han existido islotes femeninos a lo largo de los siglos, cada vez más frecuentes y más importantes con el paso del tiempo. Cierto que actualmente el empujón es enorme, pero todavía insuficiente. Observemos el escenario en el estallido de la guerra en Ucrania. En la vía diplomática, todos los interlocutores son hombres: Putin, Biden, Macron, Scholz, Johnson… En cuanto a la poderosa oligarquía económica rusa, el dominio es masculino: Mordaivox dueño del acero, Fridman de las finanzas, Usmànov también del acero y de internet, Deripaska del aluminio, Timtxenko del gas natural, Setxin del petróleo. 

El desastre y su fin no se halla en manos femeninas, el mundo aún no es de las mujeres, compartido por igual con los hombres. Hasta que esto ocurra, seguiremos padeciendo sangre, sudor y lágrimas, en palabras de uno de los muchos políticos incapaces de establecer la paz como el primero de los derechos humanos.

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