Cuando se han cumplido cien años de la mayor matanza de negros en los EE.UU., la ascensión de una mujer negra al Tribunal Supremo es un símbolo inestimable. Tardío, pero magnífico.

Sucedió en la primavera de 1921, estación que cambió flores por sangre y destrucción en Tulsa, ciudad de Oklahoma. Existía allí una comunidad de negros inhabitualmente próspera, enclavada en un barrio llamado Greenwood. Prosperidad que despertaba la envidia del entorno blanco. El odio racista estalló a finales de mayo de aquel año bajo el pretexto de un incidente entre una joven blanca y un hombre negro. Este tropezó con una adolescente al salir de un ascensor e involuntariamente le pisó un pie. La muchacha lanzó un grito que condujo a que testigos del entorno denunciaran al negro por agresión. 

Detención, mentiras sobre una presunta violación, reclutamiento de voluntarios blancos para vengarse en Greenwood, enfrentamientos armados. Heridos, muertos, incorporación de más blancos violentos, incendios, dinamita y el barrio negro convertido en páramo. Transcurrido un siglo, la actual comunidad negra es víctima del paro y la subsiguiente pobreza, debiendo todavía preservarse del latente racismo.

Es probable que la futura presidenta del Tribunal Supremo sea Ketanji Brown Jackson. Si no, otra jurista afroamericana. Lo ha prometido Joe Biden, en su propósito de ir hacia la definitiva eliminación de un racismo que aún carcome a demasiados estadounidenses. Un camino lento pero indefectible.

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