Miles de personas se aprestan a recuperar sus hogares después de que el volcán de La Palma haya enmudecido. Regresan al mismo lugar en que la lava, ardiente y sin clemencia, sembró destrucción durante 85 días. No buscan otra residencia, no huyen del riesgo, no abandonan la isla. ¿Consuetudinarios, incongruentes?

Siguen la estela de sus antepasados, arraigados a una tierra que contabiliza varias erupciones históricas. Ocho son las documentadas desde el año 1470 hasta esta última. Todas catastróficas, ninguna capaz de expulsar a los palmeros y dejar desierta la isla volcánica. La explosión de 2021 ha sido la más larga y más destructiva. Las sucesivas coladas han devastado 1.219 hectáreas, con 1.576 propiedades abatidas. Sin embargo, los palmeros, como otros muchos seres humanos, no escarmientan.  

Reharán sus casas o las edificarán de nuevo, reanudarán sus negocios, continuarán viviendo del turismo. La Palma no dejará de ser hermosa y tranquila hasta que el volcán estalle una vez más. ¿Cuánto tiempo tardará? Nadie lo sabe. Lo único conspicuo es que los habitantes actuales se adhieren a sus ancestros. 

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