A la periodista se le ofrecieron reiteradamente las evidencias que demostraban que lo que ella quería difundir a toda costa eran solo difamaciones sin fundamento. Teniendo en la puerta de al lado a una de las víctimas que denunció el acosador más reincidente de la universidad española, prefirió omitir su voz, como la de tantas víctimas de acoso sexual en la universidad, suponiendo que si no escondía sus experiencias no ganaría el protagonismo que se proponía.

De este modo, la periodista decidió publicar uno de los peores ataques que se han hecho contra el único grupo que ha roto el silencio contra la violencia de género en la universidad escondiendo al mismo tiempo una campaña estudiantil que habría marcado un antes y un después en la transformación de las universidades en espacios seguros para todas y todos. Consecuencias del periodismo amarillo que ya se están empezando a transformar con la incorporación de leyes como la que aprobó un parlamento en Europa para acabar con la violencia de género aisladora.

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