Peter R. De Vries, reputado periodista especializado en el crimen organizado, fue gravemente herido el pasado martes por la  noche cuando caminaba por una calle central de Ámsterdam, a la salida de un estudio cuando acababa de participar en una tertulia televisiva, según informan fuentes internacionales.

 El periodista -que en el momento de escribir este artículo se debate entre la vida y la muerte- había sido amenazado en el pasado como resultado de sus investigaciones sobre el mundo del crimen organizado y es actualmente confidente en el proceso Marengo, que juzga las actuaciones de los líderes de una de las mafias de narcotráfico más investigadas de Europa.

Este atentado se une al reciente ataque sufrido por el profesor de Virología de la Universidad Católica de Lovaina (KULeuven) miembro del Grupo de Evaluación de Riesgos de Bélgica, que analiza los riesgos para la salud pública del SARS-CoV-2, y del Comité Científico Coronavirus de asesoramiento al gobierno belga, que ha sido amenazado de muerte en repetidas ocasiones en redes sociales. Van Ranst y su familia se vieron obligados el pasado mes de mayo a ser trasladados a vivir en un refugio protegido por la policía, debido a la amenazas recibidas por parte de un militar de extrema derecha que fue encontrado muerto el 20 de junio pasado, según informó la BBC

 Estos dos casos, que son sólo dos de los más recientes vividos en el corazón de Europa, nos muestran la necesidad de consolidar mecanismos de protección para todas las personas comprometidas con la verdad. Ayer mismo el Washington Post publicó un artículo de opinión sobre la necesidad de perseguir los ataques a los y las profesionales del periodismo como forma de proteger nuestra democracia. Por otra parte, la evidencia científica nos ha mostrado ya cómo el apoyo a estas personas que son “upstanders” es una de las vías más eficientes para conseguir un mundo con menos violencia, en todos los ámbitos de la vida. 

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