Todo asesinato es un crimen, pero si la víctima es una persona que está ayudando, a la maldad se le agrega lo irracional. Ha ocurrido con María Hernández, economista por la Universidad Carlos III y por la Sorbona, a quien la solidaridad condujo a unirse a Médicos Sin Fronteras en 2015. 

Aquel mismo año estuvo en la República Centroafricana en plena guerra civil, y poco después, en Yemen, siempre aportando auxilio en medio del horror. También trabajó en Nigeria, hasta integrarse en la misión en Tigray, al norte de Etiopía. Una región en la que seis meses de guerra han conducido a arrasar poblados, a provocar millares de personas desplazadas, a una hambruna sin precedentes. Y para más inri, todo ello bajo la égida del primer ministro Aby Ahmed, galardonado en 2019 con el Premio Nobel de la Paz. Terrible incongruencia que no ha merecido reacción alguna.

En los últimos tiempos, MSF no ha cesado de sufrir atentados en hospitales o ambulancias y contra sus cooperantes. Algo que en décadas anteriores no sucedía, puesto que siempre todas las ONG eran valoradas y respetadas. Lo contrario ha venido a ilustrar la degeneración que en parte sufre la humanidad.  

El pasado 25 de junio, María Hernández y otros dos cooperantes, Yohannes Halefom Reda y Tedros Gebremariam Gebremichae, fueron asesinados cuando viajaban en automóvil. Ella contaba 35 años, dedicados mayormente a socorrer a los desventurados. Tigray ha perdido tres generosos soportes. El mundo ha presenciado y sufrido otra perversidad.

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