Cuando en la universidad predomina la incoherencia en varios de sus aspectos, la lucha contra cualquier tipo de acoso se vuelve más árida. Uno de estos ejemplos lo personifica el caso de P, que ocupaba un cargo importante en una de las oficinas universitarias que más pueden contribuir a superar el acoso sexual interno. 

P atacaba a las víctimas y a quienes las apoyaban buscando alguna irregularidad en su cumplimiento de las normas; como no la encontraba, favorecía que su entorno se las inventara. Consideraba que la propia ruptura del silencio era ir contra las normas de respeto al honor de los acosadores y sus víctimas. También consideraba que pedir que hubiera protocolos y comisiones de igualdad iba contra las normas, al implicar que otros organismos que ya tenía la universidad no hacían lo que debían.

Una de las profesoras que más había recibido esos ataques por apoyar a las víctimas entró en su despacho a la hora convenida esperando otra bronca por “no seguir las normas” y lo encontró lleno de humo y a ella fumando. Reaccionó rápido diciéndole: “Acusáis de no seguir las normas a quienes si seguimos normas y ética, mientras vosotras os las saltáis todas, no solo para atacar a las víctimas sino incluso fumando a pesar de saber que yo llegaría ahora”. 

Más allá de las medidas que pueda haber en las universidades para combatir la violencia de género, la ley del silencio y la impunidad a quien la pretende conservar, esta no se acabará si las personas a cargo de llevar a cabo la ejecución de dichas medidas o protocolos no practican la coherencia ni en lo más mínimo, viviendo en una contradicción en sus propios espacios de trabajo. 

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