L había logrado terminar su licenciatura con la nota más alta de su promoción. Cursando el máster, decidió comenzar a trabajar con el grupo de investigación que tenía el más alto nivel científico y que también defendía a las víctimas. Entonces pasó a ser incluso la que peor nota sacó en su trabajo de fin de máster. 

¿Qué pasó? ¿Había perdido su inteligencia? Esa hipótesis que hizo el profesorado que atacaba a las víctimas resultó rápidamente falsada. L fue a hacer otro máster y el doctorado en la universidad número 1 del ranking en su especialidad. Resultó ser la única estudiante extranjera que sacó el premio extraordinario allí y luego publicó artículos científicos de un nivel al que nunca ha llegado el profesorado que le puso mala nota en su primer máster. 

Como tantas otras víctimas de acoso sexual de segundo grado, nunca tuvo oportunidad de demostrar que la mala nota fue por su apoyo a las víctimas, pero cuando se avance en las actuaciones de las instituciones frente a este tipo de acoso, casos tan claros como este no quedarán impunes.

 

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