Entre los siglos XIV y XVI se impuso el concepto de que si no existían prostitutas la lujuria envenenaría la vida de mujeres y de hombres. Ellas, las decentes, estarían en peligro si ellos, los desaforados, no tenían donde satisfacer su libido en todo momento. En consecuencia, las meretrices podían trabajar libremente en pueblos y ciudades, si bien bajo ciertas normas. Se crearon prostíbulos, por lo normal ubicados lejos del centro de las poblaciones, en los cuales las prostitutas se alojaban y disponían de habitaciones donde ejercer su actividad. Además de abonar un alquiler, pagaban por la cama, las sábanas y la comida, a menudo a precios abusivos. Peor lo pasaban las mujeres que se prostituían fuera de los burdeles, perseguidas por las autoridades y expulsadas de determinadas zonas. Por lo demás, las prostitutas no podían vestir como las señoras. Nada de capas u otro abrigo, sino a cuerpo, para que quedara claro a que categoría pertenecían.

Otro aspecto a tener en cuenta concierne a un contexto en que la esclavitud estaba vigente, lo cual conducía a que algunas cautivas se prostituyeran a fin de conseguir dinero para pagar su libertad. Acción no tolerada ni por los amos ni por los gobiernos municipales. Por otro lado, en las festividades religiosas a estas mujeres de “mala vida” se las encerraba en algún monasterio. No debían ensuciar con su presencia al resto del vecindario, siendo además obligadas a hacer penitencia, a confesarse y a oír misa mientras estaban enclaustradas. En estas ocasiones ya no valía considerar que servían a la sociedad evitando que la lujuria la emponzoñara. 

A fin de cuentas, una legalidad a medias, una hipocresía absoluta, apenas nada distinto de lo que ocurre en la actualidad. En Plecs d’Història Local, L’Avenç, febrero 2021, podemos hallar más cumplida información sobre la época y este quehacer perennemente a debate.

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