Desde que nacemos, aprendemos de quienes y de lo que nos rodea. Es muy común que en la educación que recibimos haya implícito, en las actitudes del entorno socializador, un alto grado de competitividad que va generando una actitud competitiva en la personalidad que se aprende.

Un ejemplo claro son los deportes. Son muchas las noticias que estamos acostumbrados a ver en los medios de comunicación sobre actitudes “poco deportivas” de adultos en los partidos de fútbol de sus hijos e hijas que, ultrapasando el límite de la competitividad, se convierten en agresiones violentas. Estas actitudes se normalizan y dotan a la competitividad de un carácter negativo y violento. Más que un tópico es una realidad sobre la cual se ha hablado ya en este mismo medio

Por otro lado, también es cierto que, aunque no sean tan visibles para el gran público, hay otras actitudes de referentes deportivos que evidencian que existe una alternativa a esta socialización competitiva y violenta propia de la masculinidad tradicional. 

En el fútbol y en muchos otros deportes estas actitudes alternativas se ven incluso en los más altos niveles. Son muchos los referentes positivos en el mundo del deporte que, en un contexto de alta competición y competitividad, son capaces de cuidar y mantener intactos los mejores valores humanos. Tal vez el ejemplo de la selección de rugby de Nueva Zelanda, los All Blacks, sea el más conocido ya que siempre ha sido un referente de excelencia deportiva en todos los sentidos. Considerados el mejor equipo de rugby de todos los tiempos, son a la vez ejemplo de deportividad, respeto, elegancia y esfuerzo.

 

Más allá del deporte, la actitud competitiva en la que nos socializamos nos enseña valores muy relacionados con la doble moral y, al igual que en el deporte, también con la violencia. La forma de entender la rivalidad que genera la competitividad puede ser muy diversa y son muchas las situaciones en las que es entendida como la lucha por ser superior a los demás de cualquier forma y a costa de cualquiera. Esta forma de entender la competitividad suele ser violenta.

La alternativa está en una de las características de las NAM, las actitudes solidarias de las personas que viven la competitividad de una manera más positiva y respetuosa. Saben competir, pero lejos de entenderlo como una lucha por vencer a los demás, la bien entienden como motivación para la mejora personal. Aceptan el reto porque además tiene un impacto en el entorno y produce una mejora en el contexto. Saben que es una actitud que genera más éxito individual si va acompañado además del colectivo.

Ser competitivo no está reñido con ser respetuoso con los que te rodean, incluso con los supuestos rivales (si los hubiera), ya que es la cooperación la que nos hará llegar más lejos. Si se entiende la competitividad como un reto que se debe superar, cuanto mejores sean nuestros “rivales”, más nos harán esforzarnos para poder progresar y así poder seguir siendo competitivos. Como decía Courtney Cazden, El mejor profesor de salto es un buen obstáculo.

La competitividad aceptada como motivación, como reto o como la búsqueda de la excelencia a nivel profesional, humano y social, que genera mejoras a nivel individual pero también en quienes nos rodean, es la que una nueva masculinidad alternativa vive y desarrolla, sea cual sea el campo en el que se mueve.   

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