Los ataques a las personas y al grupo de investigación que desde sus inicios se posicionó en contra del acoso sexual en las universidades se han reproducido no solo por parte de los acosadores, sino de todo su séquito. Personas a quienes debían favores, personas que no son coherentes en sus discursos y prácticas, personas que no han promovido el respeto, la igualdad o la democracia en sus universidades o bien personas movidas por envidias y carencias personales ante el éxito de quienes coherentemente se habían posicionado con humanidad, compromiso y ciencia.

Hay personas que, no pudiendo soportar sus fracasos en la universidad y sus incoherencias, en vez de cambiar inteligentemente y posicionarse por unas universidades libres de acoso, lo que a la larga promueve el éxito personal y colectivo, se han sumado al lado de los peores acosadores promoviendo la violencia de segundo orden, atacando a las víctimas y a las personas que las defienden. Con las mismas tácticas feudales de los intercambios de favores y el uso y abuso del poder, pretenden reposicionar la universidad a su favor, ignorando que a nivel internacional estas prácticas no son solo anticientíficas sino también antihumanas.

 

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