Todo pasó debido a mi apoyo a la queja de unas estudiantes. Acabó con mi renuncia [del cargo que ocupaba en la universidad] cuando fui consciente de que nadie, absolutamente nadie, me apoyaba. Me dijo [el agresor]: no colaborar tiene consecuencias.

Estaba claro que sus comentarios, sus miradas, sus propuestas… la incomodaban. Cuando esto pasaba ella miraba a su alrededor, supongo que buscando el apoyo de algún otro compañero o compañera de trabajo. Yo nunca fui cómplice, nunca le reí las gracias y, cuando fue necesario, le respondí de manera contundente. Empecé a recibir ataques anónimos, intentando desprestigiarme personal y profesionalmente.

Tenía 15 años. Dijo que no, que no quería enrollarse una noche con quien nuestras amigas la presionaban a hacerlo. Comenzaron a alejarse y a hablar mal de ella. Sólo yo la apoyé, pero no pudo aguantar y se cambió de instituto. Entonces comenzaron a estar agresivas  conmigo, me quedé sola.

¿Tres casos aislados? Por desgracia no. Tres ejemplos que no reflejan ni si quiera la punta del Iceberg. Al leer estas líneas es posibles que muchas personas identifiquéis ese momento en que, antes de ofrecer vuestro apoyo a una mujer en situación de violencia de género, tuvisteis miedo, dudasteis de si actuar o no. Un temor fundamentado, ya que las personas que ejercen violencia, en muchos casos, intentan dar ese “castigo ejemplar” a quienes se posicionan del lado de las víctimas. Esa es su manera de perpetuar la ley del silencio, es su manera de aislar a las víctimas.

Desde los movimientos sociales, como la Plataforma Unitaria contra las Violencias de Género, siempre hemos sufrido estos ataques. Pero en nuestro caso hemos tenido la mejor de las protecciones posibles: el apoyo social. Cuando se produce una situación de violencia de género el hecho de que las personas del entorno no miren hacia otro lado, visibilicen su apoyo… sin duda contribuye a frenar esa violencia. Esas respuestas lanzan el mensaje, a quien la ejerce, de que esta violencia no podrán ejercerla con total impunidad y, a la mujer, de que “no está sola”.

La incorporación de la violencia de segundo orden en la modificación de la ley 5/2008 es la materialización de la lucha histórica de quienes se han enfrentado de manera radical a la violencia de género aun a riesgo de recibir también dicha violencia. Con esta ley sumamos un nuevo escudo que, sin duda, nos hará avanzar en la superación de la violencia de género. Tras su aplicación habrá más personas que, cuando sean testigos de una situación de violencia machista, sabrán que la ley también está de su lado. Quienes ejercen violencia sabrán que, a partir de hoy, posiblemente, se incrementará el apoyo a las mujeres en situación de violencia de género. A partir de hoy más voces se atreverán a romper el silencio.

Si quieres, puedes escribir tu aportación