Nacido el gigante bancario formado por CaixaBank y Bankia, son de prever dos importantes consecuencias, entre otras. La disminución de oficinas y la progresiva digitalización de las operaciones. Un sistema va unido al otro; cuantas menos ventanillas, más operaciones telemáticas. Para los jóvenes, que han crecido con el ordenador en la mano, esto no representa ningún obstáculo, sino que más bien les facilita los procedimientos, en cambio, para la gente mayor puede constituir una grave exclusión financiera. 

La tecnología digital ha conducido a una revolución en todos los aspectos de la vida cotidiana, conllevando a menudo una disrupción entre generaciones. Fenómeno que en el sector bancario puede afectar tajantemente a los mayores, sobre todo en las zonas rurales. Lo cierto es que, desde el inicio de la crisis bancaria, en 2008, el número de oficinas se ha reducido en un 42%, comportando con ello que muchas pequeñas poblaciones se hayan quedado sin sucursales. Se calcula que carecen de acceso más de un millón de personas, entre las cuales se encuentran las de edad proyecta sin habilidades en internet.

Lamentable escenario que las concentraciones bancarias agravarán con el objetivo de reducir costes, no de proporcionar un servicio adecuado. Los bancos no son ONG, proclaman sin tapujos, pero si ellos están en su derecho, también el Estado está en su obligación de dictar leyes que protejan a la ciudadanía en todas las esferas. Incluyendo a las personas que requieren oficinas físicas para realizar sus gestiones. Que el edadismo no se encarne también en forma de discriminación financiera.

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