“Al final de la vida me dirán: ¿has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres” (Pere Casaldàliga)

¿A qué tipo de hombres elegimos para promover como ejemplo de masculinidad? ¿Qué hombres han supuesto, suponen, una referencia importante para las generaciones que desean un cambio social?

La historia pasada y presente ofrece muchos nombres de hombres que plantaron cara al machismo, a la injusticia social. Y la mayoría de ellos entendieron que la entrega por un mundo mejor, desde su posición en la vida, era clave, no sólo para un presente mejor, si no sobretodo, para sembrar semillas en tierra fértil. En este sentido, Pere Casaldáliga fue un hombre a tener en cuenta como referente de masculinidad, aparte de como persona integral y comprometida con un mundo mejor. Destacó siempre por una vocación de servicio sincero, comprometido y horizontal. Ya antes de marchar de misiones, en el 1968, mostraba una idea compartida con los planteamientos del Concilio Vaticano II, centrada en la superación de una Iglesia con jerarquías impuestas, vertical y poco próxima a la promoción de la justicia social.

En el 68 es enviado como misionero a la región de Araguaia (Brasil) y ya no volvería a Cataluña. Le impactó de manera profundamente transformadora la exclusión e injusticia que vivían las personas de aquella región. En palabras suyas, destacaba cómo en poco tiempo asistió a un millar de personas trabajadoras en las plantaciones agrícolas de la zona, “a menudo sin ataúd y muchas veces sin nombre”. Entregó toda su vida y recursos a promover una mejor vida para las personas a las que él sirvió hasta su muerte.  

En poco tiempo le nombraron obispo, pero su posición crítica hacia las jerarquías le llevó primero a posicionarse en contra del nombramiento, para después cambiar de opinión y acabar aceptando el reto. Tenía preparada la carta de renuncia, cuando su equipo de Sao Fèlix le pidió que hicieran una reunión para hablar del tema. Se paró la carta de renuncia y se promovió otro tipo de obispado, radicalmente al servicio de todas las personas, partiendo de aquellas que sufrían la injusticia social. Entendió que la mejor manera de denunciar lo que allí pasaba era desde una posición de poder al servicio del Pueblo. 

Todo ello, como a tantos otros casos de hombres que deciden plantar cara a las injusticias, le supuso una incomprensión manifiesta por parte de todas aquellas personas que se sentían cuestionadas por su vocación de servicio. Por su capacidad transformadora y convencida de que otro mundo es posible desde el momento en el que trabajas por él. Casaldáliga no dejó de compartir a través de cartas, poemas, entrevistas las vivencias, oraciones y razones que le hacían trabajar desde esa manera de vivir su humanidad, la vida y su postura religiosa. 

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