No existió la libertad en nuestras universidades antes de la valiente acción de las entonces víctimas y hoy supervivientes. Aunque todavía con importantes limitaciones, hoy ya existe y pueden disfrutar de ella las chicas y chicos que están haciendo ahora las pruebas de la selectividad. Como escribió Sarah Rankin, Directora de la Oficina de Prevención del Acoso Sexual de Harvard, sobre los pocos profesores y profesoras que apoyaron sus denuncias, Las futuras generaciones de estudiantes y profesorado, sin duda, tendrán una experiencia muy diferente a causa de su trabajo.

Tal como demostró la investigación más importante, publicada en la revista científica top sobre este tema “Violence Against Women”, el 62% del estudiantado universitario español estaba sufriendo acoso o conocía a alguien que lo estaba sufriendo en silencio, y un 92% no sabía dónde podía acudir. Después de esa investigación, esas cifras comenzaron a reducirse drásticamente, aunque ahora los acosadores y sus cómplices están tratando inútilmente de impedir que se replique la misma encuesta para que quede clara y cuantificada la diferencia.

Las personas que se sienten agradecidas y comparten el objetivo de su esfuerzo no realizan los actos heroicos que ellas hicieron, pero sí que actúan defendiéndolas con claridad y contundencia en privado y en público, además de difundir sus publicaciones y relatos. Las que no tienen ese sentimiento y escogen la actitud insolidaria de mirar para otro lado forman parte de esa masa silenciosa que tanto conviene a los acosadores y tanto perjudica a sus víctimas. Por suerte, en los últimos años los discursos públicos van avanzando con rapidez hacia que cada vez haya más personas solidarias con las supervivientes y hacia que quede peor el no implicarse, el mirar para otro lado.

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