Voces conservadoras pronosticaron durante años, alarmadas, el fin de la institución familiar. Separaciones matrimoniales, divorcios, aumento de los amancebamientos la iban a destruir sin remedio. Sin embargo, el paso del tiempo ha venido a demostrar la pervivencia de esta institución primaria, resultando ser que lo único sucedido es que ha ido adquiriendo formas diversas.

Del repudio al rompimiento del vínculo matrimonial, del recelo en las escuelas respeto de los alumnos cuyos progenitores se habían separado o divorciado se ha pasado a habituarse no solo a este común sino tanto a las madres solteras como a lo que se conoce como familias reconstruidas. La institución familiar no ha desaparecido, tan solo ha dejado de ser uniforme. Y la más reciente variedad ha surgido con el reconocimiento, a principios de este siglo, de los matrimonios homosexuales, y más tarde, de la posibilidad de adoptar hijos. 

Al respecto, y con motivo de la celebración, el pasado viernes día 15, del Día Internacional de las Familias, la Asociación LGTBI reivindicó que los derechos que les han sido adjudicados sobre el papel resulten realmente efectivos. Han expuesto la ausencia de visibilidad que sufren en muchos documentos institucionales, así como las dificultades para registrar a sus hijos, amén de denunciar situaciones cotidianamente discriminatorias.

Quince años después de que las familias no heterosexuales vieran reconocidos sus derechos por ley, que las parejas lesbianas o gais obtuvieran la aprobación de la adopción, continúan existiendo el rechazo, la incomprensión y los actos discriminatorios. Las leyes establecen derechos, estos derivan en comportamientos, y estos, al convertirse en acostumbrados, han de acabar limpiando las mentes de conceptos negativos ancestrales. 

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