Hubo quien dijo que Breaking Bad era una de las mejores series de la historia de la televisión. Hubo mucha gente que la vio de principio a fin.  Sin embargo, la serie explotó al máximo el tirón que ejercían los personajes sobre su audiencia. Llamaba la atención que hubiera tanta gente que empatizara con unos protagonistas que se convierten en personas extremadamente patéticas y detestables.

Cuando vemos una película o una serie o cuando leemos un libro, la ficción tiene la capacidad de inculcar sentimientos. Nunca es solo cuestión de entretenimiento. Gran parte de nuestro disfrute puede depender de la relación que establecemos con los personajes de ficción que estamos viendo o leyendo: en general, sentimos más satisfacción cuando les va bien a los personajes que nos gustan y cuando les va mal a los que no nos gustan (Rainey, 2011). Pero la relación que establecemos con los personajes no solo influye en nuestra satisfacción sino que también influye en nuestra visión del mundo y en nuestras actitudes: sentimos más motivación para aprender sobre todo cuando les va bien (Bandura, 2001). Es decir, que los personajes que nos gustan influyen en lo que hacemos en nuestra vida. Por eso es tan importante la ficción a la que accedemos y el tipo de relación que establecemos con cada tipo de personaje.

No es tan poco frecuente que el malo de la película resulte atractivo para parte de la audiencia. Sin embargo, también es común que parte de la audiencia sienta cierta repulsión por estos personajes que perjudican a las demás personas. Según un estudio titulado Who can resist a villain? Morality, Machiavellism, imaginative resistance and liking for dark fictional characters (¿Quién puede resistirse a un villano? Maquiavelismo, resistencia imaginativa y atracción por personajes de ficción de carácter oscuro) realizado por Jessica E. Black, Yomna Helmy, Olivia Robson y Jennifer L. Barnes, sentimos más o menos atracción hacia estos personajes según  las convicciones que tengamos y según nuestra capacidad para mantener activos los criterios en los que se basan nuestras convicciones.

Deberíamos ser capaces de desenmascarar a los tipos que ganan atractivo a base de machacar o aprovecharse de otras personas. Cambiar el relato es fundamental, porque en realidad estos tipos no tienen nada de aprovechable: son cobardes, rompen lo que tocan, y no son fuente de placer sino de sufrimiento, por muchos disfraces que se pongan. A su vez, es imprescindible dar visibilidad a los personajes con masculinidades alternativas transformadoras. Según cómo lo hagamos, estaremos construyendo un tipo de masculinidad dominante opresora o, por el contrario, contribuiremos a expandir una masculinidad transformadora que tenga un compromiso claro contra la violencia, se coaligue con mujeres y hombres igualitarios, y que sea un imán para otras personas que se apunten a mejorar la vida de la gen 

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