En los últimos años, la comunidad educativa ha mostrado un creciente interés por comprender el cerebro humano y los avances en las neurociencias para el aprendizaje y el desarrollo, desde la primera infancia y hasta la edad adulta. Sin embargo, a medida que aumenta este interés, se incrementa también un gran número de conceptos erróneos e ideas falsas sobre el cerebro y el aprendizaje a partir de interpretaciones inexactas o engañosas sobre los hallazgos científicos en este campo.

La investigación “Neuromyths in education: Prevalence and predictors of misconceptions among teachers”, publicada en Frontiers in Psychology, evidenciaba ya en 2012 la preocupación de la comunidad científica internacional por la proliferación de pseudociencias en el ámbito educativo que, a través de “neuromitos”, se han ido extendiendo rápidamente entre el profesorado produciendo, en muchos casos, efectos adversos para la práctica educativa. El estudio, desarrollado en Reino Unido y Ámsterdam, incluyó una muestra de 242 docentes (44% de Primaria, 50% de Secundaria y un 6% de especialistas en educación especial, técnicos auxiliares y docentes en formación).

Los resultados demostraron que más del 80% del profesorado encuestado apuntaba como ciertos los mitos en torno a los supuestos estilos de aprendizaje del alumnado (por ejemplo, auditivo, visual o kinestésico), a la concepción del dominio hemisférico derecho o izquierdo como explicación a las diferencias individuales entre estudiantes, o a la creencia de que los ejercicios de coordinación y las habilidades motoras pueden mejorar la alfabetización y la integración de funciones cerebrales entre hemisferios.

Otros de los neuromitos que presentaron una mayor prevalencia entre el profesorado hacen referencia a la creencia de que existen períodos críticos en la infancia irrecuperables para la adquisición de ciertos aprendizajes, a que ha de adquirirse la lengua materna antes de aprender un segundo idioma para no perjudicar la competencia en ambas lenguas o a que los problemas de aprendizaje asociados a las diferencias en el desarrollo cerebral no pueden ser superados por la educación. Los puntajes no variaron atendiendo al nivel educativo, la edad o el género del profesorado ni en función de la etapa concreta o especialidad en la que desempeñaban su labor docente y los hallazgos sugieren que el profesorado encuentra difícil distinguir la pseudociencia de las evidencias científicas, algo que ocurre incluso en aquellos maestros y maestras con mayor conocimiento general sobre el cerebro.

En España, el Gobierno desarrolla desde hace unos años la campaña #coNprueba frente a las pseudoterapias y las pseudociencias, alertando de que el hecho de que existan publicaciones en distintos medios relativas a algunas de estas prácticas, no implica que estén respaldadas por conocimiento científico que avale su seguridad y eficacia. Aunque la mayoría se difunden con pretendida finalidad sanitaria, algunas se han colado en las aulas e, incluso, han llegado a distintos centros de formación del profesorado en nuestro país (meditación, técnicas de relajación, yoga, musicoterapia, programación neurolingüística, técnicas de liberación emocional…).

Al respecto, estudios experimentales previos (2007, 2008) demostraron que las personas son más propensas a creer explicaciones sobre investigación cuando estas se acompañan de imágenes del cerebro o incluyen conceptos de neurociencia, aunque sean irrelevantes para el tema que se expone o se trate de deducciones erróneas. La investigación de Dekker et al. (2012) sobre la prevalencia de neuromitos entre el profesorado, se apoya en otros trabajos científicos que señalan a los medios populares y revistas de divulgación como responsables de conducir al profesorado a juicios erróneos sobre las evidencias científicas: “La aparente simplicidad en los artículos de divulgación puede llevar a la suposición errónea de que la neurociencia compleja es fácilmente aplicable en el aula. Cuando las personas carecen de una comprensión general del cerebro y no reflexionan críticamente sobre sus lecturas, pueden ser más vulnerables a los neuromitos” (Dekker et al., 2012: 2).

La investigación concluye que la integración de la neurociencia en la práctica educativa sigue siendo un desafío y sugiere algunas claves para contribuir a la erradicación de neuromitos en educación y permitir al profesorado diferenciar la ciencia de la pseudociencia. En primer lugar, mejorar la interdisciplinariedad y aumentar la colaboración entre profesionales de la educación e investigadores e investigadoras en neurociencia. En este sentido, deberían revisarse las interpretaciones que los medios de divulgación realizan sobre sus investigaciones y realizar un esfuerzo extra por explicar más claramente qué se puede concluir y qué no sobre los datos obtenidos en un estudio científico. En segundo lugar, mejorar la alfabetización del profesorado en neurociencia, aunque estudios más recientes encuentran que esta medida puede ayudar a disminuir las creencias del profesorado en neuromitos, pero no consigue eliminarlas (Macdonald et al., 2017). En este sentido, quizá debería revisarse qué tipo de formaciones en neurociencia está recibiendo el profesorado, si quienes las imparten investigan realmente en neurociencia y educación y, si es así, si sus trabajos cuentan con respaldo científico y si han demostrado impacto social o no en algún contexto educativo.

En lo que sí existe consenso científico es en el hecho de que implementar en el aula prácticas no contrastadas científicamente no solo no es inocuo, sino que provoca efectos adversos en el aprendizaje y el desarrollo y aumenta las desigualdades educativas, especialmente para la población más vulnerable. Afortunadamente, cada vez más docentes de todo el mundo se forman en Actuaciones Educativas de Éxito (Flecha, 2015) que se encuentran en constante revisión científica para asegurar la mejor educación para todos los niños y niñas en cualquier contexto cultural o geográfico. Una de estas actuaciones es la formación dialógica del profesorado que, además de importantes contribuciones de impacto científico, político y social reconocido por la Unión Europea, está desarrollando entre el profesorado factores de protección frente a neuromitos y pseudociencias a través de una formación de alta calidad que permite el acceso a las fuentes originales del conocimiento científico de impacto social y no a interpretaciones apócrifas o textos de divulgación no contrastados.

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