Ambas hacen dinero a base de publicar fotografías de mujeres desnudas. No son las únicas, pero sí las más famosas, y sus fundadores, Hugh Hefner y Bob Guccione respectivamente, pronto se convirtieron en multimillonarios. Se trata de un negocio que no solo se tiene por admisible, sino que oponerse a él sería calificado de carca, antiliberal, gazmoño. Es como si la cosificación de la mujer no tuviera nada de reprobable. En cambio, ninguna editora se ha dedicado a exhibir hombres desnudos, a cosificarlos. ¿Por qué, y acaso tendría éxito?

No parece que a las mujeres nos atraiga pasar el tiempo mirando fotografías de penes, sino que de los hombres nos interesan mayormente otros atributos. Por lo demás, hay que detenerse a reflexionar sobre lo que semejantes revistas representan además de constituir una fuente de pingües ingresos empresariales. ¿Acaso no estimulan en las mentes e instintos masculinos la consideración de las mujeres como objetos a los que dominar y poseer? A fin de cuentas, ¿acaso no fomentan el machismo?

Playboy nació en Chicago en 1953 y, ante su gran éxito, la siguió Penthouse en 1965.  Esta se abrió descaradamente a la llamada pornografía suave hasta derivar en la  pornografía pura y dura. Criticarlas era, sería, caer en el puritanismo, concepto tan desacreditado. Lo contrario consiste en aceptar como legal lo que de hecho es ilícito.  ¿Alguien se atreve a negar categóricamente que la extensión de la pornografía, la dicha suave y la otra, no influye en las agresiones sexuales de cada día contra las mujeres? En cuanto al espantoso incremento de los asesinatos machista, entre las causas sociales que los provocan sin duda no pueden descartarse las que alimentan la imagen de la mujer como un objeto al que doblegar y del cual abusar sin escrúpulos.

En una sociedad avanzada cual es considerada la nuestra, solo una cosmovisión tan errónea como la de confundir el liberalismo con el menosprecio de las mujeres explica que revistas para hombres cosificando a las mujeres persistan sin cuita alguna. 

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