A. quería ser una investigadora de éxito, pero sin trabajar como lo hacen quienes sí llegan a ser excelentes. Era como una persona que se apuntó a un grupo de teatro queriendo salir al escenario como la protagonista, pero sin acudir casi a los ensayos porque decía que no disfrutaba en ellos y que le quitaban tiempo para otras actividades. Se creyó morir de celos cuando se eligió como protagonista a otra que llegó a hacerlo mucho mejor porque se tomaba muy en serio los ensayos. A partir de entonces no paró de criticar al grupo de teatro llegando incluso a creerse las mentiras que ella misma había inventado. Esta y otras frustraciones le fueron generando problemas psicológicos que atribuía a su paso por aquel grupo.

Lo mismo pasaba con E. Ya como estudiante de grado quiso trabajar en el grupo de investigación que formaba jóvenes excelentes y así logró una remuneración de los fondos del propio grupo y terminar la titulación con una nota media que permitía tener un contrato de beca predoctoral por cuatro años con remuneración del gobierno. Mientras tanto, ella y otra estudiante en la misma situación dijeron al director del grupo de investigación que en otros grupos se trabajaba poco y él les ofreció que, si lo preferían, podía él mismo presentarlas a los grupos que escogieran. Le preguntaron si también lograrían en ellos la excelencia y él dijo que habitualmente salían mejores cocineros quienes se formaban en cocinas excelentes que en las que no lo eran. La directora y el director de esos grupos les dijeron que no era así y las dos pudieron disfrutar de dos contratos predoctorales en esos grupos. 

Después de los cuatro años, ninguna de las dos logró la excelencia suficiente para aprobar las acreditaciones necesarias para tener contratos de profesorado a tiempo completo en la universidad. Ambas sabían que no les hubiera ocurrido eso de haber seguido en el grupo inicial. E. lo aceptó bien como producto de una decisión suya y buscó trabajo fuera de la universidad. Sin embargo, A. se llenó de rabia porque quería ser docente universitaria y tuvo que conformarse durante muchos años con contratos muy precarios mientras que otras más jóvenes y con una formación excelente lograban los contratos que ella deseaba. Al principio casi nadie le hacía caso, pero al añadir a esos ataques los que hacía a ese mismo grupo el lobby de acosadores encontró un gran apoyo que la hizo ser cada vez más activa. Para el lobby de acosadores es una colaboradora muy eficaz porque avala sus mentiras con la expresión: “yo lo sé muy bien porque estuve allí”. 

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