La Consejera de Estado de Birmania desvirtúa el concepto de que un mundo dirigido por más mujeres sería mejor. El pasado día 10, Suu Kyi se presentó en La Haya, ante el Tribunal Internacional de Justicia, para negar las acusaciones de genocidio perpetrado por su país contra los rohinyás. Una acusación basada en el Informe presentado en 2018 por una misión de la ONU.

Hace tres años, entre 2016 y 2017, las ofensivas militares contra la minoría musulmana en el seno de una sociedad budista provocaron la muerte de unos 70.000 rohinyás y la huida de más de 700.000 a la vecina Bangla Desh. Y allí continúan, malviviendo en nefandos campos de refugiados en tanto que Suu Kyi rechaza que se trate de un genocidio.  

La decadencia moral de la distinguida, entre otros galardones, con el Premio Nobel de la Paz en 1991, es tan evidente como desoladora. ¿Qué la conduce a defender al estamento militar por el cual fue perseguida años ha? La ambición de poder, sin duda; la pretensión de vencer en las elecciones del año próximo obteniendo los votos de una mayoría budista que repudia a los rohinyás. Sumarse al racismo de la población dista mucho de conceder credibilidad a su imagen de mujer merecedora de antiguos premios.

En noviembre de 2018, Amnistía Internacional ya le retiró el título de Embajadora de Conciencia que le había concedido el año 2009. Ignoramos cuánto tardará la Academia sueca a anular el reconocimiento pacifista que le otorgó. Algunos Premios Nobel han debido ser puestos en cuestión con el paso del tiempo, aunque quizás ninguno de forma tan contundente como el obtenido por Suu Kyi. Lamentablemente.

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