Al recibir la carta de Fiscalía que notificaba el archivo de los hechos denunciados contra el catedrático más reincidente de la UB, las víctimas no se lo podían creer. Se encontraron -algunas se conocieron entonces-, no sabían muy bien qué hacer, pero sabían que querían hacer algo. Tenían en sus manos un documento valioso. Los casos habían prescrito por la vía administrativa, no por la vía penal; es decir, por fechas, no por hechos, que eran constitutivos de delito. Quedaba por tanto claro que dicho profesor había abusado sexualmente de varios estudiantes. Ante tal evidencia y agotada la vía judicial, quedaba la vía institucional, la universidad. Las víctimas pidieron entonces reunirse con el Rector, la Comisión de Igualdad y la Decana (nos referimos a quienes en ese momento ocupaban estos cargos). 

La reunión con esta última fue tensa y desagradable, con continuas interrupciones y actos de revictimización. La Decana valoraba el archivo por parte de la Fiscalía como una cuestión de muy mala suerte para nosotros y, en cambio, de muy buena para el acosador. Defendía que la única maniobra que tenía la universidad después de la vía legal era la “vía moral”, por lo que hablaron con el profesor acosador para pedirle que dejara la docencia. Afirmaba que desde la Facultad intentaban negociar con él para que lo hiciera libremente y lo presionaban diciéndole que, si no accedía, habría un escándalo en la prensa y saldría perjudicado. Decía eso, pero cuando dos años después se reincorporó el catedrático denunciado, la Decana y el Rector defendieron que había que darle docencia y atacaron duramente al movimiento que proponía, y finalmente consiguió, que no se la dieran. 

La Decana siguió culpando a las víctimas por haber difundido la noticia a la prensa antes de dicha negociación con el profesor denunciado. Defendía que entonces ya no podían jugar esta carta para que él decidiera voluntariamente no dar más clases. Ante esta afirmación, una de las víctimas allí presentes preguntó directamente a la Decana si lo que estaba esperando era un acto moral de una persona tan inmoral. Ante la respuesta afirmativa de la Decana, las víctimas tuvieron claras dos cosas: que la UB seguiría sin posicionarse del lado de las víctimas, más bien todo lo contrario; y que ellas seguirían su lucha, que era una lucha distinta, y consistía en apoyar a todas las víctimas y en que este profesor y otros con actos como los suyos no encontraran en la Universidad un espacio donde poder acosar impunemente. 

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