El próximo 20 de noviembre será el tercer año que en las iglesias católicas de todo el Estado se celebrará la Jornada de Oración por las Víctimas de Abusos, con motivo del Día Mundial de la Infancia.

Este año la Jornada viene precedida por la celebración en febrero de la inédita cumbre vaticana contra los abusos sexuales en la Iglesia y de la publicación en mayo de un documento del Papa en el que establece algunas normas nuevas para la lucha contra los abusos, a acatar por todas las diócesis del mundo a partir del 2020. 

Por su parte, en los últimos años muchas y diversas congregaciones, instituciones y movimientos católicos, de todas las sensibilidades, han puesto en marcha protocolos de actuación contra los abusos y medidas de prevención. Algunos de ellos también reclaman una actuación más firme de la Iglesia ante estos hechos.

Pepe Rodado, cura de la diócesis de Barcelona y director del secretariado interdiocesano de la Pastoral Obrera de Cataluña nos habla de ello.

 El pasado mes de junio la Pastoral Obrera de Cataluña (organismo formado por movimientos católicos, religiosos y religiosas y sacerdotes del mundo obrero), hizo público un manifiesto sobre los abusos sexuales a menores en la Iglesia. ¿Cuál fue el motivo que os impulsó a escribirlo?

Fundamentalmente los sentimientos de dolor y vergüenza por estos casos de abuso de poder y confianza por parte de miembros de la Iglesia. Nosotros formamos parte de ella y por lo tanto es algo que nos afecta. Estos hechos tienen una repercusión clara en la credibilidad de la Iglesia en nuestra sociedad. Queríamos decir una palabra a nuestra Iglesia y nuestra sociedad huyendo del sensacionalismo con que se tratan estas cuestiones. Y también queremos ayudar a afrontar una reflexión serena y profunda sobre estas situaciones, que son una realidad hiriente en la Iglesia pero también más allá de ella, aunque de esto se hable menos. 

En el comunicado de la Pastoral Obrera mostráis el rechazo con la prescripción de los abusos y que se traten como los del presente. 

Si, entendemos que una cosa es la dimensión legal, con sus términos y plazos, y otra la dimensión moral. Especialmente en la Iglesia somos sensibles a esta dimensión moral que es mucho más amplia. El mal cometido, para las víctimas, es una realidad que las acompaña toda la vida y eso no tiene prescripción legal que lo anule. Por eso pensamos que, más allá de los plazos legales, también hay que atender, acoger y reparar a todas las víctimas, en coherencia con nuestra manera de entender la vida y las relaciones humanas.

También proponéis “sancionar los encubridores que, con su desidia, han contribuido a agravar el problema“. ¿Por qué querríais poner también el foco en el encubrimiento?

En primer lugar, matizar lo del encubrimiento. ¡No siempre se ha encubierto! Y muchas veces no se ha hecho con la intención de hacer daño sino con la voluntad de atajar ese mal. Pero la práctica recurrente de cambiar de lugar a las personas que han abusado, lo que ha producido es un mal que se ha multiplicado. Es una práctica errónea. El problema está en que se mira sólo la persona que ha cometido los abusos. Y no se han tenido en cuenta suficientemente las víctimas. Pensando en los abusadores, lo que se ha hecho es cambiarlos de lugar, que es una reacción de ocultarlo. Lo que también pasa en muchas familias donde hay abusos, que no es que no se sepa, sino que la familia esconde, por vergüenza, por el nombre de la familia, por lo que sea. La manera que se ha hecho en la Iglesia ha sido trasladar el abusador, y lo que ha hecho ha sido trasladar el problema. Porque el problema que hay de fondo continúa, va con la persona. Por tanto, los que lo han encubierto de alguna manera deben asumir esta responsabilidad, no podemos ahorrarla. Por haber permitido aumentar esas prácticas abusivas. Sobre todo para que no vuelvan a darse estas actitudes que han tenido más en cuenta a los agresores que a las víctimas. 

La investigación científica en violencia de género destaca la importancia de que las víctimas de acoso sexual cuenten con personas que les den apoyo para poder romper el silencio. ¿Ha faltado este apoyo desde dentro de la Iglesia o en las mismas parroquias o instituciones católicas?

Supongo que sí. Y que cuando lo ha habido tal vez no ha sido el suficiente y necesario. Recuerdo que una de las principales señas de identidad para los seguidores de Jesucristo es la prioridad de las víctimas y de los más pequeños sobre los demás. Y esto no siempre lo tenemos en cuenta en la Iglesia. 

El Papa en el Mutu Proprio que hizo público este mayo destaca aparte de la obligación de denunciar, la prohibición de represalias contra los informantes. ¿Cómo se debería proteger a estas personas que apoyan a las víctimas? 

Que el papa Francisco haga referencia a la prohibición de represalias contra los informantes quiere decir que se ha dado o se da esta práctica, que me parece del todo rechazable. Quien toma represalias contra estas personas supongo que lo hace desde una actitud corporativista y el deseo de silenciar estos hechos. Manteniendo la presunción de inocencia y siguiendo un proceso de investigación serio y discreto, la Iglesia ha de ser valiente y reconocer todo aquello que no respeta la dignidad de las personas, y sobre todo cuando supone un abuso del poder. Este aspecto del abuso de poder, bajo la forma que sea, es de los más duramente criticados por Jesús en el evangelio. 

El manifiesto de la Pastoral Obrera también propone revisar “la visión deformada que una parte del clero tiene de la sexualidad y de la mujer”. ¿A qué os referís?

Hemos de reconocer que también la Iglesia somos hijos de una historia concreta, donde todo lo referente a la sexualidad y a la mujer han sido tratados, o mejor no tratados, como merecen. Ha sido tabú y fuente de mucho sufrimiento por parte de muchos fieles. La Iglesia, en la práctica, hemos asumido una antropología más dualista que bíblica, y eso ha tenido unas consecuencias muy grandes, negativamente. La formación en los seminarios ha participado de esa mentalidad, donde la dimensión afectiva y sexual ha sido una de las grandes carencias. O ha sido nula o muy, muy machista. A la cual hay que añadir una ausencia prácticamente total de la presencia de la mujer. Hay muchas personas, seminarios y entidades formativas eclesiales que afortunadamente han ido por otro camino mucho más positivo. Y este es el camino por donde hay que seguir avanzando. 

Mencionáis también la incidencia del celibato. ¿Qué papel consideráis que puede tener en esta problemática?

 Aclarar que el celibato es una opción y un regalo de Dios que muchas personas (sacerdotes, religiosas y religiosos) viven positivamente y con sentido, como identificación con Jesús en su entrega a Dios y a los hermanos. Así procuro vivirlo yo personalmente.  Hay muchos que vivimos el celibato y no nos ha llevado a hacer, ni mucho menos, esas cosas. No es la cuestión del celibato. Se ve clarísimo cuando el abuso se da en el ámbito familiar, que no tiene esta dimensión del celibato. No es el celibato lo que lleva al abuso, sino los condicionamientos que lo envuelven, lo que se debería revisar en la Iglesia. Especialmente aquellos condicionamientos que se puedan identificar como factores de riesgo en la vida de los abusadores. Algo que no es tan sencillo como parece, también en los agresores que no pertenecen al ámbito de la Iglesia. 

Marta Suria, víctima de abusos en la infancia por parte de su padre, afirmaba recientemente en una entrevista que es más fácil hablar de los abusos de los curas, que no de los abusos dentro de la familia, que son los mayoritarios. ¿La Iglesia está en el punto de mira?

La afirmación de Marta me parece muy significativa por quién lo dice y por el contenido que expresa. Según los expertos, el ámbito donde más abusos sexuales se producen es el de la familia. Pero hablar de esto y afrontarlo es muy duro y difícil. Y a eso me refería antes cuando decía que también a la Iglesia se nos ha hecho difícil hablar de ello. ¿Por qué se airean tanto los casos de la Iglesia y se habla bastante menos de los de la familia, los del ámbito deportivo, profesional, etc.? Me imagino que el morbo que envuelve todo lo que hace referencia al sexo y  la Iglesia vende mucho más. Algunos lo aprovechan en su ideología anticlerical.

En tanto que instancia que se presenta como referencia moral, con estos casos se deslegitima y algunos aprovechan para meter más el dedo en la llaga. De todos modos, sea como sea, nos parece que un problema como este, afrontarlo desde el sensacionalismo y el espectáculo nos parece un error enorme. Deberíamos aprovecharlo para tratarlo con seriedad y profundidad, tratar de comprenderlo en su complejidad y extensión y buscar caminos de solución. Los titulares mediáticos pueden hacer vender más, pero no ayudan demasiado a comprender a una  sociedad que, por un lado, se escandaliza de estos casos y, por otro, es un sociedad hipersexualizada. Por eso decimos en nuestro manifiesto que estos casos de personas de la Iglesia pueden ser una buena ocasión para afrontar un problema grande de nuestra sociedad. Tenemos la ocasión de hacerlo. ¿Lo haremos? O seguiremos un poco a la defensiva y decir “es que es la gente que nos ataca”, “que nos hace la campaña contra la Iglesia…” Esta actitud ni arregla nada, ni lleva a ninguna parte. Me parece que no ayuda a nadie, ni víctimas, ni abusadores, ni sociedad, ni eclesialmente, ni nada. A la defensiva significa no afrontar los problemas.

Por tanto desde la Iglesia, según cómo lo afrontemos, si lo hacemos bien y sabemos encontrar medidas, junto con muchas otras personas y colectivos que ya lo están haciendo, también podría ser un camino que podríamos ofrecer con sencillez al resto de la sociedad.

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