Un estudio reciente, publicado en la revista Sex Roles, Towards a more complete understanding of bystander willingness to help: what role does critical consciousness play?, explora aquellos elementos que fomentan y aquellos que obstaculizan la disposición de las personas a denunciar situaciones de agresión sexual en el contexto universitario. 

En artículos previos publicados en este Diario, hemos comentado y discutido diferentes programas de lo que se conoce como “bystander intervention” sobre acoso y agresión sexual en universidades y otros contextos. El “bystander intervention” (intervención del testigo-espectador) es un modelo que predice la probabilidad de que individuos (o grupos) dispuestos aborden activamente una situación de la cual ellas y ellos mismos son espectadores y que consideran problemática. 

En este estudio, Rojas-Ashe y colegas se plantearon examinar de qué forma estaban relacionados los tipos de exposición a la agresión sexual, la aceptación de mitos de violación, la conciencia crítica y la voluntad de intervenir. Cabe explicar qué se entiende por “mitos de la violación” y por “conciencia crítica”. Los mitos de la violación son creencias erróneas, estereotipadas y prejuiciosas sobre las razones de las agresiones sexuales, las violaciones y sobre las víctimas. Literatura previa ha demostrado que estas creencias se asocian positivamente con aquellas creencias que sostienen que las personas generalmente merecen lo que les sucede. Esta literatura también ha apuntado que niveles más altos de mitos sobre la violencia están asociados con niveles más bajos de sentimientos de responsabilidad, actitudes de ayuda y disposición a intervenir. Por otro lado, cuando Rojas-Ashe y colegas hablan de “conciencia crítica”, se refieren a una forma de promover la intervención de la persona bystander. La conciencia crítica, según las autoras, está integrada por dos elementos: la crítica a las condiciones sociales que llevan al sufrimiento y al desánimo, y el reconocimiento de que las personas pueden hacer algo para cambiar dichas condiciones.

De esta forma, querían determinar tres posibles relaciones. Primero, si existen diferencias, dependiendo de los tipos de exposición a la agresión sexual que ha sufrido la persona, en la aceptación de lo que se conoce como el “mito de la violación” (“rape myth”, en inglés), la conciencia crítica y la voluntad de intervenir. Segundo, si la conciencia crítica es un factor que media entre la relación entre la exposición y la disposición a ayudar. Y, por último, si la aceptación de mitos de violación media en la relación entre la exposición a la agresión sexual y la propia disposición a ayudar. 

Rojas-Ashe y colegas diseñaron un cuestionario que pasaron a 553 estudiantes universitarios de psicología de una universidad en Estados Unidos. Los y las participantes fueron clasificados en tres grupos: aquellos que habían estado expuestos indirectamente a alguna agresión (quienes declaraban conocer a alguien que hubiera sufrido alguna situación de agresión sexual), aquellos que habían estado expuestos de forma directa e indirecta (quienes decían haber sufrido ellos mismos alguna situación de agresión y conocer a alguien), y quienes no habían estado expuestos a ninguna agresión (aquellos para quienes no se aplicaba ninguno de los dos escenarios previos). 

Los resultados, en general, demostraron que aquellos individuos que habían declarado tener diversos tipos de exposición a la victimización por agresión sexual tenían mayores niveles de conciencia crítica y una mayor predisposición a ayudar. Rojas-Ashe y colegas observaron un efecto indirecto significativo de la exposición a la agresión sexual en la disposición a ayudar a través de la conciencia crítica y un efecto condicional de la exposición a la agresión sexual en la disposición a ayudar, que era más fuerte cuando había niveles más bajos de aceptación del mito de la violación.

La relevancia de este estudio radica en diferentes aportaciones sobre cómo podemos mejorar los programas de intervención basados en el bystander. Primero, el hecho de observar que la exposición a la agresión sexual está indirectamente relacionada con la voluntad de ayudar a través de la conciencia crítica, sugiere la importancia de fomentar la conciencia crítica entre los y las estudiantes y el público en general para prevenir la violencia. Comentan Rojas-Ashe y colegas que una opción es incluir información y acciones orientadas a aumentar la conciencia de las personas no afectadas por la agresión sexual, por ejemplo, en tareas de ocio.

Además, al demostrar que un mayor nivel de aceptación de mitos de la violación puede debilitar la relación positiva entre la exposición a la agresión sexual y la predisposición a ayudar, revelan el fuerte impacto de las creencias culturales en el comportamiento de las personas. Así, aquellos programas orientados a aumentar la conciencia sobre la agresión sexual y la conciencia crítica pueden ser ineficaces si no se abordan previamente los mitos que aún prevalecen sobre la violación. En esta línea, el estudio proporciona evidencia clara sobre la necesidad de que las intervenciones orientadas al bystander intervention aborden tanto los posibles elementos facilitadores de intervenir (por ejemplo, fomentar la conciencia crítica), como las posibles barreras (es decir, mitos de la violación) para ser más efectivos.

Con todo, este estudio añade datos claves para continuar mejorando nuestros programas de intervención y superación de la agresión y el acoso sexual, tanto en instituciones  educativas como en espacios públicos, reflexionando al mismo tiempo sobre la necesidad más amplia de combatir los mitos de la violación aún existentes y la fuerza que continúan teniendo en perpetrar la violencia.

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