A. trabajaba en una revista perteneciente a un poderoso grupo internacional. Quería triunfar en el periodismo y para eso subía las lecturas de sus artículos y hacía también que fueran valorados por quienes tenían poder de decisión. Creyó encontrar su mejor ocasión cuando un conjunto de personas con poder en la universidad y en los medios se propusieron defender al catedrático con más denuncias de acoso lanzando contra sus víctimas una campaña justo el mismo día en el que él se reincorporaba a la universidad donde había tenido la mayoría de esos comportamientos.

Vio claro que la campaña era tan poderosa, masiva y cruel que lograría fácilmente su objetivo de garantizar la incorporación de ese catedrático y destruir a quienes lo habían denunciado. En el propio grupo al que pertenecía la revista recibió ánimos para realizar esa acción; normal, porque un tiempo después salieron a la luz numerosos acosos a las trabajadoras de ese grupo por parte de algunos de sus jefes y, lógicamente, estos estaban muy contentos de tener una periodista joven tan militante para defender a quien en la universidad se comportaba como ellos en sus empresas.

Se le dijo que el artículo que estaba preparando era revictimización de las víctimas directas y acoso sexual de segundo orden contra quienes las habían apoyado. Se le propuso que contrastara con esas víctimas. Se negó, no quería que nada estorbara el que creía iba a ser su mayor éxito periodístico. Las calumnias que iba a difundir generaban un morbo que no quería que desapareciera contando la verdad. Calculó mal. El gran avance reciente del movimiento contra el acoso sexual a nivel internacional llegó a su grupo de empresas donde había unos comportamientos tan generalizados y escandalosos que el grupo empresarial se vio obligado a pedir públicamente perdón y poner medidas para rectificar.

Tiempo después ella fue despedida de la revista. Creía que iba a triunfar y acabó saliendo en las redes a mendigar que alguien la pagara por escribir. La fuerza actual del movimiento contra el acoso hace que cada vez más personas que creyeron ganar apoyando a los acosadores y atacando a las víctimas pierdan mucho más de lo que nunca habían acertado a pensar. Y eso también ayuda a que disminuyan los acosadores porque, cuando ganan, casi todos reinciden pero, cuando pierden, hay muchos que se lo piensan dos veces la próxima vez.

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