Investigadores de la Organización Mundial de la Salud han realizado una revisión sistemática de la literatura acerca del impacto de haber sufrido experiencias adversas en la infancia en la salud a lo largo de la vida, y los costes derivados de esto, observando los casos de Norte América y Europa.  Los resultados de la investigación han sido publicados recientemente en Lancet Public Health, “Life course health consequences and associated annual costs of adverse childhood experiences across Europe and North America: a systematic review and meta-analysis”

Teniendo en cuenta que diversos estudios identifican una relación entre sufrir experiencias adversas en la infancia con tener una salud pobre a lo largo de la vida, esta investigación tenía dos objetivos: calcular qué proporción de los principales factores de riesgo y las causas de una salud pobre son atribuibles a uno o varios tipos de experiencias adversas en la infancia, y los costos financieros asociados a esto.

Para ello, Mark A. Bellis y colegas realizaron una revisión sistemática y un metaanálisis de aquellos estudios en los que se compararan datos sobre el riesgo en individuos con experiencias adversas en la infancia, con datos en individuos sin dichas experiencias. Realizando la búsqueda en seis bases de datos científicas, los autores analizaron investigaciones publicadas desde 1990 a 2019. Se incluyeron estudios en adultos en poblaciones que no tenían un alto riesgo de experiencias adversas en la infancia, aquellos cuya muestra era igual o superior a 1000 personas, y que proporcionaban datos de prevalencia de experiencias adversas en la infancia. De esta forma, los investigadores calcularon el “riesgo relativo” agrupado según los factores de riesgo (consumo nocivo de alcohol, uso ilícito de drogas, tabaquismo y obesidad), y las causas de problemas de salud (cáncer, diabetes, enfermedades cardiovasculares, enfermedades respiratorias, ansiedad y depresión) asociados con experiencias adversas en la infancia. El riesgo relativo se utilizó, a su vez, para estimar en qué medida los factores de riesgos mencionados anteriormente son atribuibles a las experiencias adversas en la infancia (esto se realizó calculando lo que la OMS define como “Population Atributable Fractions”, PAFs) y los costes financieros derivados. 

De los 4387 artículos identificados en la búsqueda inicial, se analizaron finalmente 221 (25%) artículos, de los cuales 23 (10%) de ellos cumplían con todos los criterios de selección establecidos para el metaanálisis. 

Los resultados muestran que, para el caso de Europa (10 artículos revisados), un 23,5% de individuos presentaba al menos una experiencia adversa en la infancia, y un 18, 7% dos o más. Para el caso de América del Norte (9 artículos incluidos), 23,4% de individuos habían sufrido una experiencia adversa en la infancia, y 35% dos o más. 

El uso de drogas ilícitas es, tanto en Europa como en Norteamérica, el factor de riesgo más elevado, asociado con haber sufrido experiencias adversas en la infancia. En ambas regiones se observó que las experiencias adversas en la infancia contribuyen de forma significativa a desarrollar enfermedades mentales en el futuro. En América del Norte las experiencias adversas en la infancia están relacionadas con aproximadamente el 30% de casos de ansiedad en adultos, y el 40% de casos de depresión. En el caso de Europa, más de una cuarta parte de ambas afecciones son atribuibles a dichas experiencias adversas. 

Al mismo tiempo, los costos de las enfermedades cardiovasculares atribuibles a las experiencias adversas en la infancia son sustancialmente más altos que para la mayoría de otras enfermedades. Los costos anuales totales atribuibles a experiencias adversas en la infancia se estimaron en $581.000 millones en Europa, y $748.000 millones en América del Norte. 

Todos los datos revelados en esta investigación alertan sobre el profundo impacto de sufrir experiencias adversas en la infancia y sobre el problema de salud pública que esto supone. Según Bellis y colegas, los hallazgos de este estudio sugieren que una reducción del 10% en la prevalencia de experiencias adversas en la infancia podría equivaler a ahorros anuales de $ 105.000 millones. De esta forma, garantizar una infancia segura y libre de violencia no es solamente un derecho individual, sino un requisito colectivo clave para tener una población sana. 

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