Disfrutar de dos años de trabajo como investigadora en la Universidad de Harvard (en su Kennedy School) me está haciendo todavía más consciente de la diferencia entre unas estructuras universitarias que potencian la excelencia científica y humana mientras condenan radicalmente los acosos, y aquellas estructuras universitarias que potencian y perpetúan la impunidad de los acosos y los ataques a quienes los denuncian. 

Las estructuras universitarias españolas potenciaban la concepción de “libertad” de los acosadores. Es decir, “libertad” para seguir acosando y para acusar a las víctimas que denunciaban y a quienes las apoyaban de contrarias a la “libertad”, cerradas y sectarias. Durante las décadas en que las universidades negaban tener acosos sexuales, consolidaron entre el profesorado la idea todavía muy arraigada hoy de que quienes dicen que han sido acosadas son mayores de edad y ellas lo han consentido e incluso provocado; desgraciadamente, este es un discurso que nos suena familiar. Por lo tanto, quienes rompieron el silencio logrando convencer primero a la sociedad y luego a los parlamentos para obligar a las universidades a reconocer el problema y tomar medidas, fueron y son acusadas de enemigas de la “libertad”. Contradictorio ¿verdad?

Las libertades de expresión, de creencias, de ideologías, de voto, de escoger amistades, de elegir con quien tener relaciones, de decidir las actividades de tiempo libre, las diversiones… están hoy muy claras porque ha costado siglos conseguirlas. Todas están, además, legisladas en los países democráticos. Las víctimas y quienes las apoyan no solo defienden que esas libertades las disfruten todas las personas, sino que también trabajan por lograrlo y se arriesgan para conseguirlo.

El grupo de investigación que rompió el silencio practica en su funcionamiento las libertades con una consecuencia internacionalmente considerada ejemplar. Hay personas musulmanas, judías, católicas, evangelistas, agnósticas, ateas,,… y todas disfrutan del máximo respeto por parte de las demás. Y lo mismo que con las creencias, pasa con sus ideologías, el voto, las opciones de orientación sexual y de género, las formas de vida, el ocio,…. No se admite la “libertad” de acosar que reclaman los acosadores. Es que eso no es libertad, sino todo lo contrario, un ataque reaccionario a la libertad.

En la mayoría de los grupos de investigación de ciencias sociales y humanidades no se disfrutaba de esas libertades. Mientras había permisividad y silencio ante los acosos sexuales, se practicaban dinámicas que hacían muy difícil y frecuentemente imposible practicar religiones o incluso votar opciones diferentes a las de quienes estaban en las posiciones de poder del grupo. Esos grupos se consideraban “normales”, “abiertos” y defensores de la “libertad”, aún sabiendo que tenían en su interior personas que acosaban, aunque no hubiera diversidad de ideologías o de otro tipo. Y al contrario, consideraban agresores de la “libertad” y cerrados a los grupos que practicaban y defendían consecuentemente todas las libertades individuales y colectivas pero que no aceptaban los acosos.

Pero las cosas ya están empezando a mejorar y el apoyo internacional es pieza clave de ese proceso. En las universidades donde hay excelencia científica y también humana encuentro admiración por el grupo que rompió el silencio y un rechazo radical de los acosadores que todavía siguen atacando.

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