En la década de los 90 Xavier Bonal ya defendía en “Las actitudes del profesorado ante la coeducación. Propuestas de intervención” (1997) la necesidad de concebir de otra manera distinta el patio de juegos, entendido como un ámbito de intervención coeducativa, puesto que los chicos copaban el espacio jugando a fútbol y las niñas quedaban relegadas a los márgenes, alertando de la necesidad de reflexionar sobre las actitudes del profesorado. En 2007 Amparo Tomé y Marina Subirats volvían a incidir en “Balones fuera: reconstruir los espacios desde la coeducación” (2007) en la necesidad de reimaginar estos espacios.

En todo este tiempo hemos ido contando con nueva legislación internacional, estatal y autonómica en género. Pero, ¿realmente todo el profesorado está sensibilizado y dispone de formación en género?, ¿sus ideologías, su mirada, no influye a la hora de implementar la legislación? Y ¿de qué manera aparece en la agenda política?, ¿se aborda en profundidad, con el debate y la reflexión necesarios, incorporando aquellas prácticas que han dado buenos resultados, incorporando la investigación que se ha ido generando, o se concibe como un tema que se exhibe en los logros cara al electorado? Gloria Arenas lo expresa claramente (2006,110-111): “El pasado ha creado un legado para el presente, tanto para los niños como para las niñas.[…] todavía nos queda mucho por hacer y por cambiar para que las niñas de hoy sean libres, críticas, independientes, fuertes, políticas, para que tengan poder y puedan hacer y ser en sus vidas lo que realmente deseen. […] El apoyo al desarrollo de la igualdad de oportunidades es una iniciativa política y depende de la ideología y la importancia que le otorguen los gestores. […] el mal uso del control y el poder pueden hacer retroceder y suprimir lo que hasta ahora se había conseguido”. De plena actualidad, aunque han transcurrido trece años.

Si nuestra mirada es coeducativa, no debemos olvidar que hay niños que también son relegados a los márgenes porque no quieren jugar a fútbol y prefieren jugar a otros juegos o prefieren jugar con las niñas. En la literatura infantil y juvenil también aparece recogida esta situación en dos libros, “No me gusta el futbol. ¿Y qué?” de Mikel Valverde y Andoni Egaña (2000) y en “Tots uns homes” de Manuela Olten (2006).

¿La solución para fomentar la coeducación es eliminar el fútbol de los patios de los colegios? No podemos reducir la coeducación al patio porque cuando  dejamos el patio y entramos en el colegio con todas las acciones educativas que se generan, ¿qué ocurre con los libros de texto que invisibilizan los logros culturales, artísticos  y científicos de las mujeres, y con los discursos del profesorado que excluyen u omiten a las mujeres en sus explicaciones y en sus recursos?, ¿qué ocurre con la organización escolar del centro?, ¿qué tipo de lenguaje se utiliza?, ¿se aborda la violencia de género?, ¿se incluye la cultura del cuidado, también dirigiéndola a los niños?, ¿la biblioteca de aula y la del centro tienen seleccionados libros de Literatura Infatil y Juvenil de calidad literaria y estética vinculados al género?, ¿existen libros informativos o de conocimiento sobre mujeres en sus proyectos? La lista de interrogantes podría alargarse, pero evidencia que el trabajo coeducativo debe ser integral. Y debe comenzar por la sensibilización y la formación del profesorado. Y, consecuentemente, por la sensibilización y formación del profesorado que forma a las futuras maestras y a los futuros maestros.

Cuando se  habla de eliminar el futbol, influyen nuestros diversos posicionamientos  vinculados con la ideología educativa: ¿Cómo percibimos a las niñas jugando con la Barbie futbolista?, ¿y la imagen adinerada de los futbolistas o las WAGS? -acrónimo de “wives and girlfriends of sportsmen”, que la prensa británica acuñó en el Mundial de Fútbol de 2006 para aludir a las parejas femeninas de los futbolistas, convertidas en iconos de la moda y la belleza que priorizan las carreras profesionales de sus maridos y novios por encima de las suyas-. Su influencia en la cultura popular es tanta que en 2002 la cadena inglesa ITV empezó a emitir la serie “Footballers’ Wives” (Esposas de futbolistas) que se alargó durante seis temporadas.   

Pero el fútbol, entendido como un deporte, y relacionado con la coeducación, debería estar muy alejado de todo esto. Sheila Scraton en su  investigación “Educación física de las niñas un enfoque feminista” (2000) nos recuerda la potencia real de la educación física para refutar las argumentaciones sobre las limitaciones físicas o la subordinación de las mujeres, su potencia para desarrollar una escolarización antisexista. Scraton evidencia que, por ejemplo, mientras los cuerpos de los chicos se musculan para tener más fuerza y ser mejores deportistas, un cuerpo musculado de un chico incluso se percibe como hermoso, con las chicas la mirada es distinta, es patriarcal ligada a las ideologías del físico que contribuyen a la definición de la mujer como objeto, incluso a su consciencia del propio cuerpo y al estereotipo de la mujer débil, subordinada al poder masculino. Por tanto defiende que “el desarrollo muscular, la fuerza física y la fortaleza no tiene por qué ser prerrogativas de los hombres”.

El fútbol femenino ya ha demostrado que tiene un papel importante en el cambio social. La keniata Fatuma Abdulkadir Adan es la fundadora de la Iniciativa para el Desarrollo del Cuerno de África (HODI), una organización sin ánimo de lucro fundada en 2003, todo un referente internacional por su contribución al cambio social en Kenia  por la organización de un torneo de fútbol femenino para niñas y adolescentes como vehículo para erradicar el matrimonio infantil y la mutilación genital. En 2008 empezaron 12 niñas y tan sólo diez años después son 1600 las chicas que han jugado en los torneos. El fútbol ha proporcionado a las niñas mayor información y criterios para elegir por ellas mismas qué quieren hacer de sus vidas  y hacerlo realidad.

Las niñas también quieren jugar a futbol, no debemos invisibilizar a las niñas y los niños que han conseguido jugar en equipos mixtos  y los logros conseguidos como, por ejemplo, que en el fútbol base balear los equipos pueden ser mixtos hasta los dieciséis años desde el 28 de julio de 2018. Las adolescentes también quieren jugar a fútbol, como nos mostró la película  “Quiero ser como Beckham” (2002) de la directora Gurinder Chadha. Y lo hacen muy bien,  en 2018 la sub-17 española ha ganado el campeonato del mundo. Y en diciembre de 2018 se ha concedido el primer Balón de Oro a una mujer futbolista, Ada Hegerberg.  Lo mucho que queda por hacer lo evidenció la pregunta que el mantenedor del acto, Martin Solveig, le hizo a Ada Hegerberg: “¿Sabes hacer twerking?” (¿sabes `perrear´?), impensable si se tratará de un hombre futbolista.

Las niñas, las mujeres,  también merecen las mismas expectativas profesionales que los chicos, pero las mujeres futbolistas denuncian que la igualdad está muy lejos, que aunque su presencia en televisión ha ido creciendo en los últimos años, así como su popularidad entre los espectadores y las espectadoras, la desigualdad económica es inmensa, los futbolistas cobran sueldos millonarios y las nóminas de las futbolistas  se fijan a partir del mínimo interprofesional y lo mismo ocurre con los premios.

Por todo esto no deberíamos excluir el fútbol del patio de juegos sino buscar soluciones más imaginativas, más coeducativas, en las que el fútbol se alterne, por ejemplo, con otros juegos como ya se ha hecho en algunos colegios en los que se exploran los espacios desde otras posibilidades lúdicas, en las que niños y niñas puedan cuestionarse y experimentar otras maneras de jugar, sin “juegos de niños” o “juegos de niñas”, simplemente juegos compartidos y disfrutados. Porque el fútbol no es cosa de los niños, también lo es de las niñas.

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