Anthony Blunt, uno de los famosos espías de Cambridge, cuando ya había sido nombrado Sir confesó que en el Marlborough College, a la edad de 14 años, había padecido el acoso de sus condiscípulos. Sucedió en 1921, cuando el término bullying aún no se había extendido.  “El primer año fue espantoso. Un muchacho me tenía atemorizado y fui muy infeliz durante dos trimestres”, atestiguó Blunt. No siendo un buen deportista, lo tenían por un bicho raro, un afeminado. Ha transcurrido casi un siglo, y el hostigamiento escolar se halla presente aquí y allá, desvaneciendo el espejismo de que existe una edad de la inocencia.

Cuando en buena medida el mundo tiende a derribar barreras, a respetar lo distinto, en la escuela persiste la lacra de la inquina traducida en daño físico y/o moral. Recién lo atestigua una encuesta llevada a cabo por la Fundació Barça de la cual se desprende que más de la mitad de los escolares de entre 14 y 18 años se han visto involucrados en situaciones de bullying. En calidad de víctimas, de testigos o de ejecutores, algunos arrepentidos. Un 20% declara que los acosos físicos o psicológicos le han provocado trastornos emocionales graves.

Maestros poco atentos, alumnos que se vuelven de espaldas por temor coadyuvan a que el bullying no sea erradicado de los centros de enseñanza. Concurre, además, un factor que incrementa las fuentes del acoso, que lo agrava más allá de lo que Blunt y otros adolescentes podían sufrir el siglo pasado. Las redes sociales se han convertido en un instrumento superlativo para hacer daño, y no solo en el ámbito escolar. Las relaciones virtuales son capaces de infligir tanto perjuicio como las personales. A través o no del anonimato se producen difamaciones, burlas, deslealtades, violaciones de secretos, acciones execrables realizadas en el inicio del trayecto vital. La existencia del mal ha interesado a los pensadores desde los clásicos hasta los actuales. No han encontrado explicación, ni para los episodios perniciosos naturales ni para los humanos. Y cabe decir que el mal incubado en los corazones más tiernos es el menos explicable.

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