Esta semana la revista Palgrave Communications, del grupo Nature, publica el comentario realizado por las investigadoras Vanita Sundaram (Universidad de York) y Carolyn Jackson (Universidad de Lancaster) titulado “’Monstrous men’ and ‘sex scandals’: the myth of exceptional deviance in sexual harassment and violence in education” [“Hombres monstruosos” y “escándalos sexuales”: el mito de la desviación excepcional en el acoso sexual y la violencia en la educación].

A las y los que hemos seguido y apoyado las denuncias sobre acoso sexual en la universidad española -un tema ampliamente reportado y explicado en diversos artículos de El Diario Feminista- nos es familiar lo que explican y concluyen Sundaram y Jackson sobre el caso y la naturaleza del acoso sexual en universidades británicas. A través de una investigación cualitativa con personal de las universidades sobre lo que llaman la “lad culture” (un término utilizado para describir los comportamientos de los chicos en el contexto estudiantil refiriéndose, por ejemplo al abuso de alcohol o a situaciones de acoso) en la educación superior, las autoras denuncian que el acoso sexual sigue siendo un problema que permanece normalizado en ciertos contextos universitarios. En su investigación exploran cómo la cultura del silencio que sigue imperando entre las víctimas (por miedo a las represalias que puedan sufrir) enmascara e invisibiliza muchos actos de sexismo y acoso que suceden en las universidades, y cómo este silencio posibilita que subsista la noción de que “el acosador”, quien perpetúa la violencia, es un individuo considerado “un monstruo”.

Si bien comentan que el sexismo, el acoso sexual y la violencia sexual han salido con fuerza a la palestra durante los últimos meses gracias a movimientos como el #MeToo, que ha empoderado a víctimas y supervivientes a denunciar y hablar sobre situaciones de abuso que han sufrido, argumentan Sundaram y Jackson que aún se continúa concibiendo a los perpetuadores como unas personas “malvadas”, unos “monstruos”. De esta forma se las describe como personas poco comunes, problemáticas y que suponen una amenaza a las mujeres y a los niños. Asimismo sostienen las autoras británicas que, aunque este tipo de perpetuadores se ha hecho más visible y se le ha ido condenando, muchos casos de acoso sexual y violencia sexual continúan siendo enmascarados e invisibilizados, sobre todo por la normalización que existe todavía de la violencia contra las mujeres.

En 2014 la National Union of Students realizó una investigación sobre acoso sexual, en la que desvelaba que 1 de cada 7 chicas estudiantes había sufrido algún tipo de abuso físico o sexual serio, y que un 37% de las chicas y un 12% de los chicos había sido víctima de acercamientos sexuales no deseados. El pasado año la misma institución realizó otra investigación, esta vez mostrando que el personal de las universidades también es en muchas ocasiones víctima de acoso.

Parte de las y los encuestados explicaron haber experimentado acoso sexual por parte de alguna persona del personal de su universidad, desde comentarios sobre cuestiones sexuales a violaciones. Es más, el 12% de las y los exalumnos había sido víctima de contacto sexual no consensuado por parte de alguna persona miembro del personal de su institución. Sostienen las investigadoras que, mientras que los casos de acoso sexual entre estudiantes se asumen como algo normal y como parte de la cultura estudiantil, los casos de mala conducta por parte del personal sí han tendido a ser más condenados. No obstante, si bien las malas conductas del personal de las universidades hacia los estudiantes han provocado una mayor indignación pública, las relaciones de poder predominantes en éstas instituciones de educación superior continúan manteniendo el silencio y el rechazo ante este tipo de quejas cuando se realizan.

Según apuntan Sundaram y Jackson, el acoso sexual y la violencia en la educación superior deben considerarse más allá de sus manifestaciones e impactos en los espacios sociales. Las formas en que tales prácticas impregnan los espacios de enseñanza y aprendizaje tienen consecuencias no solo para las alumnas sino también para el personal. Explican que, a pesar de que sabemos que esto también sucede en la universidad, no siempre es reconocido o problematizado por el personal en este tipo de espacios, sobre todo por el hecho de ser instituciones donde operan unas claras relaciones de poder. Las universidades están organizadas en base a estructuras de poder particulares en las que confluyen los ejes de género, clase, o raza/etnia. Esta distribución desigual del poder, a partir de jerarquías muy marcadas, crea un contexto en el que el lenguaje y el comportamiento sexistas (y otros) se normalizan y por lo tanto permiten que ocurran otros abusos de poder más visibles. De esta forma, apuntan Sundaram y Jackson, en un entorno donde el poder está tan desigualmente distribuido, las universidades pueden no solo ser un espacio en el que hay acoso y violencia, sino además ser propicio a ello.

Concluyen las investigadoras que es necesario que las universidades dejen de considerar el problema del acoso sexual como un problema individual que afecta solamente a algunos individuos, y que adopten un enfoque institucional que realmente dé respuesta a un problema estructural y endémico, perpetuado por las relaciones de poder que en estas instituciones académicas continúan existiendo.

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