Las energías renovables llevan años siendo las mejor valoradas por el conjunto de la sociedad, pero aún no están plenamente consolidadas en el modelo energético actual debido a dos importantes barreras que se ven obligadas a superar. Por un lado, estaba la cuestión económica que las relegaba a una posición menos económica que las energías convencionales. En 2017 lograron superar este obstáculo y ser competitivas gracias a haber alcanzado un precio inferior y adjudicarse 8.737 MW renovables sin prima. 

Por otro lado, las energías renovables siguen enfrentándose a una dificultad en comparación con la energía fósil: su almacenaje y gestión. La producción de energía renovable rompe con el modelo de las energías convencionales basado en grandes plantas de producción y transporte mediante redes de alta tensión, para promover la instalación de pequeñas plantas en puntos cercanos al consumo. En este contexto y teniendo en cuenta la tendencia de aumento de consumo eléctrico, se requiere de un sistema de almacenaje de energía que dé respuesta a las necesidades de la sociedad.

Una posible alternativa sostenible surgida en los últimos años son las baterías de litio, el metal más ligero de la tabla periódica. Estas baterías están compitiendo con las tradicionales de ácido de plomo, ofreciendo mejor eficiencia y tiempo de vida. Gracias a esta mejora continua de sus prestaciones se está consiguiendo una rápida reducción de sus costes, descendiendo desde los 860 €/kWh (kilovatio hora) de 2008 a los 215 €/kWh de 2016. Pese a esta mejora sustancial, el coste final de fabricación de una batería se sitúa alrededor de los 645 € y el precio de venta cerca de los 2000 €.

Teniendo en cuenta este contexto y para evitar que suceda como en las baterías de los teléfonos móviles que con un año de vida ya no son funcionales, es fundamental la selección de cada batería, escogiendo aquella cuyas características y tamaño se adecúen al uso al que la vamos a destinar.

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