El muro que el presidente de los Estados Unidos está empecinado en construir no es primigenio. Donald Trump no es el único malo de la película, aunque probablemente sea el más malo. Su muro en la frontera con México, para la financiación del cual exige de inmediato 5.000 millones de dólares, vendría a ser la continuación y el crecimiento en altura de una previa maldad.

La gesticulación de Trump, unida a la más discreta del partido demócrata, que se niega a complacer al presidente, han alborotado el gallinero mundial. El cierre de la Administración norteamericana desde el pasado 2 de diciembre, dejando a 800.000 empleados públicos sin trabajo y sin sueldo, suspendiendo agencias de diversos departamentos, clausurando museos y parques públicos, está trastornando a los estadounidenses y asombrando a los extranjeros.

Poca gente tiene presente que entre México y Estados Unidos ya existe desde hace décadas un muro de más de 1.000 kilómetros. En 1995 se erigió para frenar la entrada de los emigrantes, mayormente sudamericanos, que buscaban refugio huyendo de la miseria o de las mafias de la droga. Las primeras piedras fueron puestas por Bill Clinton, siguieron las de George Bush hijo, y tampoco Barack Obama se halla libre de culpa. Lo cierto es que, un cuarto de siglo después de su inicio, los muertos al intentar cruzar la frontera ya suman millares, en gran parte adolescentes.

Este odio al extranjero pobre, esta aporofobia in crescendo que recorre Occidente se ha apoderado con ardor de Donald Trump. La frontera con México abarca 3.300 kilómetros, y él quiere completar el muro a toda costa. Necesita unos 2.000 kilómetros más o reventará. Unos perecen por miseria, otros por exceso de orgullo y ausencia de empatía.

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